Comentario al Evangelio del

Juan Carlos Rodriguez, cmf

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: El que quiera venirse conmigo, que se niegue s sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Si uno quiere salvar su vida, la perderá; pero el que la pierda por mí la encontrará. ¿De qué le sirve a un hombre ganar el mundo entero, si arruina su vida? ¿O qué podrá dar para recuperarla?

Porque el Hijo del hombre vendrá entre sus ángeles, con la gloria de su Padre, y entonces pagará a cada uno según su conducta. Os aseguro que algunos de los aquí presentes no morirán sin antes haber visto llegar al Hijo del hombre con majestad."

Queridos hermanos:

¿Verdad que queremos acertar en la vida?, ¿verdad que no deseamos malgastarla, malograrla, desperdiciarla? 

Tú y yo, discípulos del Maestro de Nazaret, nos venimos entrenando ya hace tiempo en ese juego evangélico del “gana-pierde”.

¿Por qué razón? Sencillo. En la escuela del Maestro hemos ido cursando una asignatura cuyo contenido solamente se va entendiendo en la medida en que en la vida de cada día uno se va descentrando. Dicho de otro modo, en el ir pasando con más libertad y ligereza de retener la vida para sí, de cerrar los ojos, las manos y el corazón a las necesidades de cualquier otro -cercano o lejano- a una manera de desvivirse, sin ningún tipo de aspaviento, en la que priman los otros (muy especialmente los pobres y excluidos, con sus nombres y apellidos, con sus rostros e historias). Es ir cursando en lo concreto la incondicionalidad del seguimiento que cuenta con la cruz. ¡No hay otra!

Eso sí. Nada de cruces inventadas, sino las que se nos dan; nada de cruces buscadas, sino las que aparecen inexorablemente cuando en el centro de la existencia están aquellos a los que se les niega permanentemente la vida o la dignidad y, consecuentemente, nos ponemos a su lado, de su parte, con todos los costes añadidos. Asumiendo con consciente libertad que las fuerzas del anti-reino no se van a quedar inactivas… Discípulos de un hombre ajusticiado en una cruz… aprendices de esa locura de amor: sabiduría que parece necedad, fortaleza con trazas de debilidad.

Nos queda hoy, de nuevo, machaconamente, volver a confesar que la mejor manera de no malograr la vida es entregarla como Él y con Él… Porque “quien entrega su vida por amor, la gana para siempre” –dice el Señor-.

Vuestro hermano.
Juan Carlos, cmf
jcracmf@gmail.com

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