Comentario al Evangelio del

Juan Carlos Rodriguez, cmf

En aquel tiempo, Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan y se los llevó aparte a una montaña alta. Se transfiguró delante de ellos, y su rostro resplandecía como el sol, y sus vestidos se volvieron blancos como la luz. Y se les aparecieron Moisés y Elías conversando con él. Pedro, entonces, tomó la palabra y dijo a Jesús: "Señor, ¡qué bien se está aquí! Si quieres, haré tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías." Todavía estaba hablando cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra, y una voz desde la nube decía: "Éste es mi Hijo, el amado, mi predilecto. Escuchadlo." Al oírlo, los discípulos cayeron de bruces, llenos de espanto. Jesús se acercó y, tocándolos, les dijo: "Levantaos, no temáis." Al alzar los ojos, no vieron a nadie más que a Jesús, solo. Cuando bajaban de la montaña, Jesús les mandó: "No contéis a nadie la visión hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos."

Queridos hermanos:

A Pedro, a Santiago y a Juan el Maestro les hace un estupendo regalo; ni más ni menos que un anticipo de gloria, un pregusto de eternidad, una revelación de la transparencia de su identidad como hijo del Dios Altísimo, Mesías Servidor.

Tuvo que ser una experiencia muy impactante. Seguro. Con todo, hasta después de la Pascua no parece que estuviera en ellos suficientemente digerido ni asimilado lo que en lo alto de la montaña habían vivido (eso parece).

A nosotros, los discípulos de esta hora, también se nos regalan, en ocasiones, experiencias, momentos densos e intensos que nos dejan “tocados” interiormente; son como fogonazos, brincos del alma que no atinamos a comprender, que nos cuesta narrar, y cuyo alcance no nos es dado en el momento. Experiencias de monte, experiencias de luz, aconteceres de transparencia… (algo así -más o menos- intentando ponerles nombre).

Bien conoce el Señor a sus discípulos; bien sabe Él que sin luz, sin dosis de luz, qué densa se torna la oscuridad de la cruz, cómo pesa la entrega, qué aterrador se hace el silencio de la ausencia… Y nos regala altura de monte para cuando haya que transitar oscuros caminos; y nos regala chispas de luz, para atravesar los valles de sombras de muerte… Y, sobre todo, graba en el centro de nuestros corazones la palabra imperecedera de su Hijo, que es brújula en la desorientación, lámpara en la oscuridad, sosiego en la inquietud, medicina en la flaqueza, perdón en la infidelidad…

Con palabras de la liturgia (de un himno de las horas), anhelemos ser transfigurados (en Él):

Transfigúrame, Señor, transfigúrame.
Quiero ser tu vidriera,
tu alta vidriera azul, morada y amarilla.
Quiero ser mi figura, sí, mi historia,
pero de ti en tu gloria traspasado.

Transfigúrame, Señor, transfigúrame.
Mas no a mí solo,
purifica también
a todos los hijos de tu Padre
que te rezan conmigo o te rezaron,
o que acaso ni una madre tuvieron
que les guiara a balbucir el Padrenuestro.

Transfigúranos, Señor, transfigúranos.
Si acaso no te saben, o te dudan
o te blasfeman, límpiales el rostro
como a ti la Verónica;
descórreles las densas cataratas de sus ojos,
que te vean, Señor, como te veo.

Transfigúralos, Señor, transfigúralos.
Que todos puedan, en la misma nube
que a ti te envuelve,
despojarse del mal y revestirse
de su figura vieja y en ti transfigurada.
Y a mí, con todos ellos, transfigúrame.

Transfigúranos, Señor, transfigúranos.

Vuestro hermano.
Juan Carlos, cmf
jcracmf@gmail.com

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