Comentario al Evangelio del

Adrián de Prado, cmf

Queridos hermanos:

Los seres humanos nos hemos relacionado con Dios de muchos modos a lo largo de la historia. Aún hoy son múltiples las maneras de estar y de vivir con Dios o de espaldas a Él. Muchos de estos caminos espirituales convergen en el fondo del misterio: otros tantos, se pierden en bosques enmarañados; algunos, los más oscuros, conducen hacia muros o acantilados. Pero hay algo que todos estos senderos comparten: quienes los recorremos tenemos siempre el peligro de no terminar de entender hacia quién caminamos y, sobre todo, quién es aquel que viene a nuestro encuentro. Empeñados en acertar a la hora de elegir el camino hacia Dios y recorrerlo, a veces tergiversamos el camino de Dios, a Dios mismo.

Las lecturas de hoy ponen en crisis a quienes tantas veces caminamos con autosuficiencia en la vida del Espíritu, pensando que nuestras manos y nuestros pies pueden sostener por sí mismos dicha vida. En ocasiones, nos convertimos en fabricantes de ídolos, que adoran aquello que pueden controlar, lo cual, en último término, es una forma sutil de adorarse a sí mismo («se nombraron reyes en Israel sin contar conmigo», dice Yhwh). Otras veces, nos erigimos en jueces implacables de la experiencia ajena, manifestando suspicacias o sospechas con respecto al bien que los demás procuran o a la verdad que buscan («este echa los demonios con el poder del jefe de los demonios», murmuran los fariseos). Con demasiada frecuencia, recelamos de lo que no nos complace, desentendiéndonos de quien nos exige una vida esforzada para llegar a ser plena («aunque les dé multitud de leyes, las consideran como de un extraño», lamenta Dios). Y siempre, en todas estas actitudes que se nos cuelan de rondón, nos perdemos a nosotros mismos al perder a Dios, y terminamos vagando errantes como ovejas que no tienen pastor porque han dejado de mirarlo.

Cuando esto ocurre y para que no ocurra, lo fundamental es no dejar de buscar y de agradecer el camino de Dios hacia nosotros. Ese camino que es Jesús, entrañado de divinidad y de humanidad, capaz de hablarnos, de mirarnos, de tocarnos, de oírnos, de olernos, de andar con nosotros hacia Dios. Él sigue «recorriendo todas las ciudades y aldeas, enseñando en nuestras sinagogas, anunciando el Evangelio del reino y curando todas las enfermedades y todas las dolencias». Porque al ver a las gentes –al vernos–, se compadece de ellas –de nosotros–.

Fraternalmente:

Adrián de Prado Postigo cmf

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