Comentario al Evangelio del

Enrique Martínez de la Lama-Noriega, cmf

SOBRE JUICIOS Y CONDENAS


 

     Uno de los principales elementos que nos identifican como seres humanos, como personas, es la conciencia, nuestra capacidad de juzgar, nuestro sentido ético y moral. Es un don de Dios que nos hace posible el discernimiento. Y esta capacidad actúa siempre y ante todo. Nos es indispensable situarnos ante los hechos: lo que está bien, lo que está mal, lo que es justo, lo que es verdadero, lo que es conveniente, lo que es ético, lo que causa daño... para poder actuar en consecuencia. Y es imposible dejar de hacerlo: es algo que nos brota automáticamente.

     Hay juicios que podemos hacer, y otros que tenemos la grave responsabilidad de hacerlos. No se puede renunciar a ellos, por ejemplo, cuando estamos ante la trata de personas, el comercio de niños para extraerles órganos, las estafas, los bulos, el racismo y la xenofobia, los abusos de menores, la explotación laboral, los intereses económicos que se anteponen a la dignidad de las personas, la defensa de la vida... Retraerse, mirar para otro lado, callarse, lavarse las manos es ser cómplices de todas estas cosas. Todas estas aberraciones humanas competen a la Justicia Civil, son crímenes. Y nuestra responsabilidad como bautizados, como profetas está en denunciarlas, nunca esconderlas.

     Pero las palabras de Jesús no se refieren a estos asuntos. Estamos en el Sermón de la Montaña, y Jesús está hablando a los discípulos, a su comunidad (tres veces aparece la palabra «hermano» en tan pocas líneas). Sería de esperar que estos comportamientos no ocurriesen nunca en la comunidad cristiana. Sin embargo pueden darse calumnias, denuncias falsas, maltrato de la pareja, corrupciones, manipulación de conciencias... y otras muchas. En estos casos es necesario juzgar y condenar  los actos, pero no es tarea de la comunidad condenar a la persona. 

     Hace falta un adecuado sentido de la justicia y de una buena dosis de prudencia, "porque os van a juzgar como juzguéis vosotros, y la medida que uséis, la usarán con vosotros". Yo desconozco lo que hay en el fondo del corazón de las personas que actúan mal éticamente: no sé su historia, sus heridas, sus ofuscaciones y frustraciones, sus auténticas intenciones.  Y por ello debo poner máxima atención antes de formular un juicio. Por otro lado, puede ocurrir y ocurre que mi juicio  esté condicionado por las vigas de mi ojo: mis prejuicios, mi ideología, mis propias heridas y frustraciones. Debo informarme bien, contrastar (no sólo con los que están de acuerdo conmigo, «los míos»), tener serenidad y deseos de buscar el bien, la verdad y la justicia... vengan de donde vengan. 

      Es conveniente, además, darnos cuenta cómo tenemos distinta vara de medir: a aquellos que nos importan, a los que amamos, a los que sentimos cerca del corazón... les disculpamos, comprendemos y perdonamos más fácilmente... mientras eso mismo, al verl en otros, lo condenamos sin ninguna misericordia.

     Estos días pasados se me ha hecho muy evidente, viendo los mensajes y valoraciones de muchos en las redes sociales al respecto de esta pandemia y las actuaciones de políticos y otros personales: el «otro» que no es de los míos siempre tiene mala intención, siempre es peligroso, todo es motivo de sospecha, los bulos no son bulos aunque se demuestre y razone que lo son, nunca el otro hace nada acertado, y los míos siempre tienen razón y tampoco tengo la humildad de reconocer mis errores de juicio... ¿Cómo se puede entonces hacer una valoración y un juicio sereno? Estos juicios hacen del otro un sospechoso, un enemigo, alguien a quien hay que destruir, y aparece el odio, el insulto, el desprecio, la rabia... Pero pocos nos damos cuenta de estas «vigas» en el propio ojo. 

      Hay que evitar todos los juicios que no están hechos por amor al otro. Cuando el evangelio nos dice que «si no juzgamos no seremos juzgados», está otorgando un inmenso valor a la compasión con el hermano, aunque haya fallado. Jesús mira al pecador, no para juzgar, sino para crear. Su mirada realiza algo nuevo en la persona sobre quien la posa; se hace liberadora, recreadora, sanadora. Por eso nos invita a mirar libres de prejuicios al otro, sin ira, sin pasión, a reconocerlos en su diferencia y valorar sus capacidades, límites y posibilidades. Nos propone trasmitir con las palabras, actitudes y acciones una disponibilidad para el perdón y la reconciliación recíproca. Nos llama a sacar a la luz y sanar el propio resentimiento, a asumir los errores y a reconocer las pérdidas para tener la oportunidad de reorientar la vida. La del otro, y quizás también la nuestra

Termino con una bella oración de Karl Rahner: 

«Mira, Señor, ahí está el otro, con el que no me entiendo.  El te pertenece; tú le has creado.  Si tú no le has querido así, al menos le has dejado ser como es.  Mira, Dios mío, si tú le soportas, yo quiero aguantarle y soportarle, como tú me soportas y aguantas a mí».

Y os invito a orar de la mano de Seve Lázaro, jesuita:

Solo con misericordia podré siempre querer al otro.

Solo con misericordia podré siempre quererme a mí.

Solo con misericordia, podré siempre confiar en el otro.

Solo con misericordia, podré siempre confiar en mí.

Solo con misericordia, podré siempre decirle la verdad.

Solo con misericordia, podré siempre decírmela a mí.

Solo con misericordia, el otro llegará a ver su enredo.

Solo con misericordia llegaré a ver el mío, yo.

Solo con misericordia el otro dejará de justificarse. 

Solo con misericordia dejaré de justificarme yo.

Solo con misericordia el otro aprenderá a disculparse.

Solo con misericordia yo aprenderé a perdonar.

 

Enrique Martínez de la Lama-Noriega, cmf 

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