Comentario al Evangelio del

Edgardo Guzmán

Queridos amigos y amigas:

El texto de la primera lectura de hoy se abre con la llamada a la santidad dirigido a todo el pueblo de Israel. La motivación profunda es la propia santidad de Dios: «sean santos porque yo el Señor soy santo». El Señor es el “totalmente otro”, el radicalmente distinto del ser humano. De ahí, el sentido etimológico de “santo” que quiere decir “poner aparte”.

Esta santidad a la que llama el libro del Levítico no es una santidad para apartarse del mundo. El texto recuerda al creyente que está llamado a participar de la santidad de Dios, que se expresa en un nuevo tipo de relaciones con los demás, basadas en el amor y la justicia. Estas afirmaciones de la santidad divina y la santidad del creyente, junto con la segunda parte de este texto del Levítico que enfatiza el amor al prójimo, no es solo un texto muy conocido y citado, incluso por el mismo Jesús, sino que también nos habla del núcleo espiritual del creyente: su amor a Dios y su amor al prójimo.

Esta centralidad del amor en las relaciones con los demás, aplicado a la vida concreta por el creyente o la comunidad, es lo que dará testimonio ante el mundo de haber sido “puesto aparte” por Dios, es decir, de ser el pueblo Santo de Dios que vive desde sus valores. Esta santidad a la que invita el Levítico inspira una ética personal y social que promueve la construcción de un mundo más humano y, por lo tanto, más divino.

En el Evangelio se nos narra la conclusión del discurso escatológico de Mateo, en la línea de la tradición bíblica apocalíptica, lo que tiene que ver con las cosas últimas, con el juicio final. En esta imagen Jesús viene presentado como el “Hijo del hombre”, como una figura humana-divina que tiene la misión de instaurar el Reino de Dios. Jesús aparece como un personaje glorioso para llevar a la historia en modo definitivo a esa realidad que en el tiempo ha permanecido escondida a los ojos de los todos.

La imagen del juicio final se nos presenta con una metáfora pastoril, “como un pastor separa las ovejas de las cabras”, propio del ambiente palestino del tiempo de Jesús. Este Rey-Pastor “separará a unos de otros”, en ese sentido es un juicio, cuyo criterio distintivo será la caridad. Según este texto del Evangelio de Mateo lo que no salva es la caridad, el amor practicado con gestos y acciones concretas: dar de comer, dar de beber, dar hospedaje, vestir, visitar al que está enfermo o en la cárcel. Lo que nos salvará son las obras, como nos recuerda la Carta de Santiago: «Una fe sin obras está muerta» (cf. Sant 2, 17). «Muéstrame tu fe sin obras y yo te mostraré por las obras mi fe» (Sant 2, 18).

El texto nos revela también algo sorprendente, y es que Jesús nos muestra cómo esta figura real quiere identificarse con los que tienen hambre, sed, los migrantes, los que están desnudos, enfermos o en la cárcel. Ninguno fue capaz de reconocerlo con los ojos de la carne, tampoco se dice que fue a la luz de la fe o por la fidelidad al cumplimiento de la Ley. Se trata simplemente de amar con los hechos, de respetar y valorar la dignidad de los demás, descubriendo en ellos la presencia del Señor. ¿Soy capaz de reconocer en los demás, sobre todo en los más vulnerables la presencia y la llamada de Jesús?

Fraternalmente, Edgardo Guzmán CMF

eagm796@hotmail.com

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