Comentario al Evangelio del

Severiano Blanco, cmf

Queridos hermanos:

La historia de David y su pecado es conmovedora. Él quisiera hacer justicia en su reino, crear un pueblo feliz, evitar los abusos de los poderosos: “el que ha hecho eso es reo de muerte”, exclama con celo de buen gobernante. Pero el profeta le hace ver que “el que ha hecho eso” es precisamente él: poseyendo un gran harén, como cualquier reyezuelo oriental, se apoderó de la mujer de un vecino y a él le hizo morir.

Pero en realidad el tema central del pasaje es otro: con motivo de este suceso, Dios muestra su soberanía y su misericordia, aplicando un castigo más bien comedido: Dios no hará morir a David, “al que ha hecho eso”; se limitará a infligirle un sufrimiento pasajero y pedagógico. Y el propio David nos es presentado como un humilde penitente: “he pecado contra el Señor”. Se subraya el reconocimiento del propio pecado y la generosidad de un Dios, siempre derrochando misericordia. La tradición espiritual atribuyó a David el Sal 51, el “miserere”, suponiendo que lo habría compuesto justamente para esta situación de penitencia y arrepentimiento; allí destaca especialmente el v. 19: “Un corazón quebrantado y humillado tú no lo desprecias”.

La soberanía y la bondad de Dios se siguen manifestando por medio de la acción de Jesús. La narración evangélica de la tempestad calmada quizá tiene tras de sí varias situaciones de apuro en las múltiples travesías de Jesús con los discípulos por el lago. Pero el relato va mucho más allá en imágenes y alusiones. De Yahvé se celebraba hacía siglos: “Tú pisas el mar con tus caballos, el borbotar de las inmensas aguas” (Habacuc 3,15), “tú hendiste con fuerza el mar” (Sal 74,13), “tú acallas el estruendo de los mares” (Sal 65,8); Dios le habría ordenado: “aquí se romperá el orgullo de tus olas” (Job 38,11). La confesión de fe cristológica lleva consigo el reconocimiento de ese señorío; en la historia de Jesús y en su gloria del Resucitado se percibe la inabarcable majestad del Padre convertida en algo cercano, tangible, puesto en favor de los suyos.

La narración en su conjunto parece tomar como falsilla la leyenda edificante de Jonás, que dormía plácidamente en la bodega mientras los marineros luchaban a brazo partido con el oleaje. Sin embargo, existe una diferencia notable: los marineros pidieron a Jonás que invocase a su Dios para que viniese la bonanza (Jon 1,6), mientras que Jesús tiene autoridad propia para “increpar al viento y dar órdenes al mar” (Mc 4,39).

En este cuadro cristológico grandioso, debemos percibir también reminiscencia de las primeras experiencias pascuales: Pedro debió de encontrarse con el Resucitado en medio de faenas pesqueras (cf. Jn 21,7), escenas que luego los evangelistas proyectaron a momentos anteriores: “que yo vaya a ti sobre las aguas” (Mt 14,28). A la pregunta radical “¿pero quién es Este?” (Mc 4,41), la fe y la catequesis cristiana solo pudo y puede responder con un conjunto de imágenes y alusiones, ¡que se quedan muy cortas!

Vuestro hermano

Severiano Blanco cmf

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