Comentario al Evangelio del

Javier Goñi, cmf

A lo largo de esta primera semana de Adviento, la Palabra de Dios nos ha ido situando en actitud de espera activa ante la venida del Salvador y del Reino. Los textos, también hoy, tanto del profeta Isaías como del Evangelio, nos han ido remitiendo al fin de los tiempos y a la llegada definitiva del Reino de Dios, de la liberación definitiva del mal y del triunfo pleno del Amor, la Justicia y la Paz. Nuestra esperanza y nuestra alegría crecen: el Señor vino y el Señor vendrá a salvarnos.

Pero la segunda venida se hace larga: ya van dos mil años. Y todavía queda tiempo de espera. Estamos en este tiempo intermedio, entre el ya y el todavía no del Reino. El Señor ya vino, y el Señor volverá. ¿Y mientras?

En el Evangelio de hoy Jesús nos remite a este tiempo de espera. Él ya vino y sembró la semilla del Reino. Sus discípulos, los de entonces y los de ahora, que hemos recibido la Buena Noticia y la semilla de ese Mundo nuevo, debemos dar gratis lo que recibimos gratis. Los cristianos de hoy, como los de todos los tiempos, entre la primera venida del Señor y la definitiva, hemos sido enviados como trabajadores a esa inmensa mies de hombres y mujeres de todo el mundo para seguir anunciando la gran alegría de la presencia del Señor y de la cercanía del Reino, en especial a los más pobres. Todos, laicos, sacerdotes, seglares, religiosos, hombres y mujeres seguidores de Jesús, cada uno con su carisma y servicio propio, hemos recibido gratis la semilla del Reino y la alegría del Evangelio; y todos somos enviados a seguir esparciendo esta semilla y esta alegría a tantos y tantas que aún viven en la oscuridad y la desesperación. Todos y todas hemos de anunciar y construir un mundo nuevo de amor, justicia y paz.

Adviento: tiempo de esperanza. También tiempo de compromiso liberador. ¿Y cuál es el motor que impulsa ese compromiso activo y esperanzado? También el Evangelio de hoy nos lo muestra. El mismo sentir de Jesús: el amor compasivo, el amor que “padece con” el que sufre, el amor que siente en propia carne el dolor, la tristeza, el sin sentido de tantos y tantas. El Amor mismo de Jesús, que nos prometió que siempre estaría con nosotros hasta el fin de los tiempos.

Javier Goñi (fjgoni@hotmail.com)

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