Comentario al Evangelio del

Carlos Latorre, cmf

Lc. 18,35-43 Sana a un ciego. 

Con la curación de este ciego en las cercanías de Jericó Jesús realiza el cumplimiento de lo que había anunciado en la sinagoga de Nazaret: “El Espíritu del Señor está sobre mi porque me ha ungido para… dar la vista a los ciegos”.

Es sintomático y tal vez intencional de Lucas dejar constancia que los Doce no entendieron (no veían) nada de lo que Jesús les había revelado acerca de su final. Este ciego en cambio, a pesar del obstáculo personal de la ceguera y de los obstáculos externos que le ponen los que impiden que se acerque a Jesús, es capaz de captar quién es realmente Jesús: primero lo reconoce como Mesías (Hijo de David); luego lo llama Señor; finalmente da Gloria a Dios y le sigue.

El relato es utilizado por Lucas para enseñar que no siempre, aunque se tengan intactos los cinco sentidos, se está en grado de conocer a Jesús y de optar por Él. La fe no depende de la buena salud.

Era ciego pero tenía las ideas muy claras. Había oído hablar de Jesús de Nazaret, el descendiente del rey David, que hacía milagros en toda Galilea. Y él quería “ver”. Por eso, cuando le informaron que Jesús iba a pasar por allí, el corazón le dio un vuelco y comenzó a gritar con todas sus fuerzas. ¡Era la oportunidad de su vida! Cuando consiguió estar frente a frente con el Mesías no fue con rodeos; le pidió lo que necesitaba: "¡Señor, que vea!". Fue, como se dice, al grano: "Mira, Señor, lo que me pasa es esto...".

El Papa Francisco ha hablado de esta cualidad de la oración que va al grano e insiste sin desanimarse, y ha explicado que es entonces cuando los milagros suceden. Ya era la hora de cerrar la iglesia, pero aquel pobre padre pedía desesperado la salud de su hijita moribunda en el hospital: se quedó toda la noche rezando delante de la puerta del templo. En la mañana, al regresar a casa, le contaron la gran noticia: “tu hija está sana”.

Pero el relato del ciego de Jericó no acaba en la curación. Luego fue a comunicar esa experiencia a todo el pueblo. Había nacido un apóstol. Y consiguió que aquella gente, al verlo, alabara a Dios.

Carlos Latorre
Misionero Claretiano

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