Comentario al Evangelio del

Enrique Martínez, cmf

EN LOS DÍAS DEL HIJO DEL HOMBRE

En tiempos de Jesús, como en otros momentos de la historia de Israel, había un sentimiento de que algo se acababa, o se tenía que acabar... La situación de dominación y sometimiento al Imperio Romano se les hacía insufrible. Y esperaban una gran y espectacular intervención de Dios para hacer justicia y poner las cosas en su sitio. Se utilizaba a este prpósito un lenguaje, de origen profético, en el que abundaban imágenes de cataclismos, destrucción, apariciones celestiales... Se referían al «día de Yahweh», el día del Juicio, «el día del Hijo del Hombre», el día de la salvación de sus fieles, y la destrucción de los enemigos, y un nuevo mundo esplendoroso. No pocos se aventuraban a fijar fechas y a detectar señales de la proximidad de ese «día», o decían tener «revelaciones» al respecto, con las cuales metían miedo o amenazaban llamando a la conversión. Interpretaban y esperaban que literalmente ocurrieran esas manifestaciones y destrucciones.

Por otro lado, las primeras comunidades cristianas (de esto tiene mucha experiencia San Pablo), habían relacionado todos esos fenómenos con Jesús de Nazareth, resucitado de entre los muertos. Y esperaban su inminente retorno como Juez, cumpliendo las profecías del Antiguo Testamento que hablaban de la llegada del Hijo del Hombre... Pero ese momento se estaba retrasando más de lo que ellos suponían... y algunos se desanimaban, mientras que otros «esperaban» olvidándose de sus responsabilidades cotidianas.

En este contexto sitúa Lucas estas palabras de Jesús, para dirigirse a sus comunidades del año 80, en las que subraya que el Juicio y la Salvación y el Día de Yahweh/día del Hijo del hombre tiene lugar, se juega, en las cosas normales de nuestra vida, vividas desde la perspectiva pascual. Con algunos matices. Me explico: 

- Por una parte intenta desplazar la atención desde los fenómenos «apocalípticos» hacia la responsabilidad, el estilo, el compromiso diario de ser testigos del Señor, con la entrega («perder») de la propia vida a la causa del Evangelio... para poder «recuperarla». No hay que esperar que las cosas se resuelvan «desde arriba», con intervenciones celestiales, sino en el campo, en casa, moliendo, en la cama...

- Por otra, también hay que prestar atención para no vivir absorbidos, distraídos, despreocupados de las señales de que algo nuevo está surgiendo ya (desde la presencia de Jesús entre nosotros, y sobre todo desde "aquella noche"). Comer, comprar, casarse, vender, sembrar, construir... son nuestras ocupaciones lógicas y normales. Pero no lo son todo. Hay que ser conscientes de que hay un «final» que relativiza muchas de ellas, que no permite que el presente y lo cotidiano nos absorba tanto... que olvidemos que estamos aquí de paso, que nos preocupemos tanto de «asegurarnos» el bienestar y la comodidad... que no nos hayamos preparado convenientemente, que nuestra vida no haya merecido la pena, que no haya sido una vida «entregada» como la de Jesús.

Me viene a la mente un breve relato de Anthony Mello en «El Canto del Pájaro»:

En el siglo pasado, un turista de los Estados Unidos visitó al famoso rabino polaco Hofetz Chaim. Y se quedó asombrado al ver que la casa del rabino consistía sencillamente en una habitación atestada de libros. El único mobiliario lo constituían una mesa y una banqueta. 

«Rabino, ¿dónde están tus muebles?» preguntó el turista.

«¿Dónde están los tuyos?», replicó Hofetz.

«¿Los míos? Pero si yo sólo soy un visitante... Estoy aquí de paso... », dijo el americano.

«Lo mismo que yo», dijo el rabino.

Concluyendo: Las palabras de Jesús no pueden tomarse en absoluto como una «amenaza» para meter miedo ni amargarle a nadie la vida. Tampoco Jesús asume del todo el lenguaje y la mentalidad «apocalíptica» para anunciar catástrofes, ni fechas concretas para ese «día final» (por más que algunos hombrecillos de todos los tiempos pretendan saber más que Jesús, detectando señales, teniendo revelaciones, y avisando de la hecatombe final). Pero sí que avisa de que en el modo de plantearnos nuestras actividades cotidianas, de ir entregando la vida... seremos hallados dignos del Reino («a uno se lo llevarán»)... o no («al otro lo dejarán»). Serán elegidos los que no se dejen atrapar por las cosas, ni vivan continuamente mirando hacia atrás (como la mujer de Lot). Es decir: que la salvación, como tanto repite Lucas en su Evangelio, nos la jugamos «hoy», que el Día del Señor ya empezó «aquella noche», la noche Pascual.

Enrique Martínez, cmf

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