Comentario al Evangelio del

CR

Queridos hermanos:

Pues sinceramente, no es lo primero que a uno se le ocurre al dirigirse a Dios: pedirle su Espíritu Santo. Nos salen fácilmente mil otras cosas antes que esta que nos propone Jesús, más de andar por casa, más que nos saquen las castañas del fuego. Es humano que así sea. Pero es importante al acercarnos a Dios para comunicarnos con él, sobre todo para pedir,  que recordemos aquello que nos viene ya de Isaías (55, 8): «Porque mis planes no son vuestros planes, ni vuestros caminos como los míos».

Esto lo tuvo que aprender Pedro (y también nosotros) cuando Jesús advirtió del sufrimiento, el rechazo y la muerte que le esperaban. A él, y a los suyos. La «petición» de Pedro fue: «Dios no lo quiera, eso no te puede ocurrir». Pero Dios sí lo quería, la «voluntad del Padre» era otra. Pedro estaba siendo «tentador» (Satanás). Y Jesús tuvo que reñirle.

Sus seguidores hemos recibido el encargo de sanar y expulsar espíritus. Y vamos a ello con nuestra mejor buena voluntad, pero se repite la experiencia de que «no podemos», no lo conseguimos. «Porque esta clase de demonios no puede ser expulsada sino con la oración» (Mc 9, 14-29). «Todo es posible para el que tiene fe», nos asegura Jesús». Pero nuestra fe es pequeña y tenemos que orar:  «Auméntanos la fe» (Lc 17, 5).

Cuando nos llegan los momentos más difíciles, los momentos del desconcierto, de dudar de todo, cuando aparece el miedo, nuestra tentación es «dormirnos» y abandonar la plegaria insistente que puede darnos luz y fuerzas para seguir hasta el final. "Velad y orad para que no caigáis en tentación" (Mt 26, 41).

En definitiva: nuestra mente y nuestro corazón están bastante lejos de los de Dios y de su Hijo. Y lo que podemos conseguir con nuestras pobres intenciones y fuerzas... no es demasiado. "Sin mí no podéis hacer nada" (Jn 15, 5). 

Jesús es el que ha «buscado» el Reino de Dios y su justicia... y ha recibido con él todo lo demás. Jesús es el que ha «pedido» «que pase de mí este cáliz, pero que se haga tu voluntad». Y ha sido escuchado. Jesús es el que ha «llamado», a gritos, «¿por qué me has abandonado?». Y el Padre le ha respondido. 

En la oscuridad de la medianoche, en las tinieblas del Viernes Santo, se encendió la Luz. La tremenda puerta cerrada del sepulcro quedó abierta, y se levantó (resucitó) para darnos el Pan de Vida. 

Esta es nuestra seguridad y confianza para no cansarnos de orar, y seguir pidiendo: «Padre, haznos como él; derrama sobre nosotros el Espíritu del Señor, el Espíritu de tu Hijo,  para que sepamos orar según tus pensamientos, para que acertemos a tomar tus caminos. Danos, pues, el Espíritu Santo... y no necesitamos pedirte nada más».

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