Comentario al Evangelio del

CR

Queridos hermanos:

La lectura de este Evangelio me ha hecho pensar en el esfuerzo continuado,y a menudo infructuoso de tantos como trabajamos en el mundo de la pastoral (jóveneso no jóvenes) por invitar a que la oración sea una constante en la vida cotidiana, con todo tipo de «argumentos». Parece que no es tan difícil «convencer»para que asuman compromisos de todo tipo en la vida cristiana comunitaria, o en actividades catequéticas o de voluntariado. Pero lo de orar... E incluso la propia experiencia personal: tengo que reconocer que «fácilmente» dejamos el tiempo de encuentro con Dios Padre... por mil razones («justificadas», o no).

Recordaba esta «curiosa» oración de Louis Evely:

Señor: me aburro soberanamente en la oración.

Te aseguro que no voy a estar contigo mucho tiempo; si tú no me echas una mano y me detienes, me marcharé dentro de dos minutos; Ya estoy aburrido y se me han ocurrido un montón de cosas que hacer. Haz que me quede, retenme un poco más, enséñame a orar. 

Jesús ha estado orando en un lugar recogido, pero «a la vista» de sus discípulos. Y les han entrado «ganas» de que Jesús les enseñe a orar. Es curioso. No parece que Jesús tomara la iniciativa de enseñarles, como hacían casi todos los profetas y maestros espirituales («como Juan enseñó a sus discípulos»).  Ni nos consta que hiciera cosas especiales o llamativas en sus momentos de oración. Pero algo llama la atención de los suyos, que le piden que «comparta su oración», que les enseñe «su» oración.

Por una parte es el propio testimonio orante. Seguramente que pocas veces nos «ven» orar las personas con las que compartimos la fe y la catequesis. Tal vez nos puedan haber visto «rezar» la Liturgia de las Horas, o  participar en distintas celebraciones «litúrgicas» como la Eucaristía y otras... Pero parece no ser suficiente. Han cambiado los tiempos y las costumbres: en tiempos de Jesús a la gente les gustaba que «les vieran» orar por calles, plazas, sinagogas y Templo. Ya no es así. En todo caso, lo que no es tan habitual es que «compartamos» nuestra experiencia personal, íntima, «libre» de diálogo con el Padre, el Hijo y el Espíritu. Tengo que reconocer que buena parte de mi experiencia orante no me ha venido tanto de «lecturas» (que también), cuanto por la oración compartida de compañeros y formadores.

Por otra parte: los apóstoles comprueban que Jesús tiene continuamente presente al Padre, que es su «centro» y continua referencia. Que habla de él y actúa en su nombre (como él y de su parte), y que la palabra más significativa para él es que se siente «hijo amado» del Abbá. Deducen que su oración no será tanto a base de «rezos» (aunque es claro que los Salmos y el resto de la Escritura forman parte de su oración), cuanto una «relación» que se fortalece en esos momentos. Jesús NECESITA escuchar al Padre y leer la presencia del Padre (sus huellas, su trabajo continuo como Creador y Salvador en favor de los hombres)  en las cosas de su vida cotidiana (el Reino que ya está presente en medio de nosotros), ser consciente de sus tentaciones, encontrar en él la fuerza en los momentos de desconcierto y desánimo, empaparse de esa misericordia que le permite perdonar, acoger y sanar... Discernir continuamente su voluntad, para que no se haga mi voluntad, sino la tuya...

Jesús compartirá con ellos su experiencia orante, su intimidad con el Padre, recogiéndola en una plegaria: el Padrenuestro. No es, por tanto, un rezo más, o un rezo «especial», sino el resumen condensado de los «contenidos» y vivencias de sus tiempos de oración.

Descubre uno que tiene mucho que «aprender» y cambiar en esto de la oración... para poder contagiar las ganas, o motivar a otros. Se da uno cuenta, de nuevo, que no sé orar como conviene (Rm 8, 26). Por eso, creo que no debiera faltarnos nunca la invocación del Espíritu de Jesús para que venga en ayuda de nuestra debilidad, e interceda por nosotros. Que antes de cualquier oración (y del Padrenuestro en particular, para no rezarlo como un estribillo medio inconsciente), repitamos con deseo sincero lo de los discípulos: Señor, enséñanos a orar. Nunca lo habremos aprendido del todo. Y el Señor nos invitará a profundizar con calma y esperanza en el «Padrenuestro», para que nos sintamos un poco más cada día «hijos amados» y necesitados de él.

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