Comentario al Evangelio del

CR

Rema mar adentro

A la gente hay que animarla. Hartos de crisis, de penurias, de soledades y de penas, no vayamos a echarles más cargas. No es latiguillo recordar que los cristianos arrastramos una imagen de prohibiciones, actitudes negativas o visiones rigoristas. ¿Que no es verdad? Reconozcamos la realidad de la imagen, y tratemos de superarla.

Fijémonos en esta escena junto al lago de Genesaret. Es una escena de vocación; como tantas que, en la Biblia, siguen los mismos pasos. Jesús toma la iniciativa: “Rema mar adentro”. Al hombre le sorprende, se resiste: “No hemos cogido nada en toda la noche”, “Soy un pecador”. Jesús le encomienda: “Te haré pescador de hombres”. El final siempre es feliz, el querer de Dios se hace realidad: “Y dejándolo todo le siguieron”. Ya se ve, la presencia del Maestro, ser obsequiosos con su palabra, recrea, cambia a las personas. El fracaso de una noche con las redes vacías se torna en una red que revienta de peces; el que se llama a sí mismo pecador se trasforma en pescador de hombres. Solo desde Jesús, las cosas funcionan bien. Hacer las cosas “en su nombre” trae siempre noticias buenas. Parece que, en esta idea, estamos todos de acuerdo, pero, muchas veces, no ocurre así. Nos entregamos más fácilmente y ponemos nuestra confianza en técnicas, en medios, en estructuras, en títulos, que en la presencia amorosa del Señor. Los ídolos mundanos del poder, de la eficacia competitiva, del dinero nos esclavizan más de la cuenta. Sin embargo, un cristiano, al poner su esperanza, ante todo, en Dios, sabe que las adversidades tienen remedio. Los fracasos nos ofrecen la mirada profunda de los acontecimientos. La fragilidad aceptada nos vuelve a Dios, y todo cambia de signo. Dicen que no nos aparta de Dios el pecado sino el no saber reconocerlo (lo vive el publicano de la parábola). El hombre, así confiado en la bondad de Dios, no tiene miedo cuando escucha: “Rema mar adentro”, adéntrate en el oleaje, no te quedes en la seguridad de la orilla. La audacia, el riesgo por el Reino, la aventura de nuevos caminos, solo cabe  si sentimos al lado la palabra y la mano de Jesús. Como el pecador de esta escena que, antes de morir, repite tres veces: “Señor, tú sabes que te quiero”.

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