Comentario al Evangelio del

Adrián de Prado Postigo cmf

Queridos hermanos:

A medida que avanza en su segunda misiva a la comunidad de Corinto, Pablo va dejando ver su decepción. Es la decepción de quien se ha desvivido por dar a conocer su mayor tesoro –el nombre de Jesús– y percibe a su alrededor la futilidad de su palabra ante otros discursos y el poco aprecio que despierta su sacrificio personal. Ambos sinsabores forman parte de la vida del discípulo misionero que, más o menos torpemente, trata de mostrar con sus labios y con sus manos la belleza, la verdad y la bondad insuperables del Evangelio. ¿Quién no ha experimentado en algún momento la tristeza de que Dios no sea conocido? ¿Quién no ha sentido con pena la abrumadora superficialidad con que muchas veces se afronta la existencia? ¿Quién no ha percibido una sonrisa condescendiente ante el ejemplo mayúsculo de tantos cristianos entregados?

La decepción, amén de ser muy común entre los hombres, no es del todo ajena a la dinámica de la fe. Cuando aparece, indica la importancia que tiene para nosotros aquello que vivimos como llamada última o como respuesta primera al amor de Dios. Sin embargo, la decepción nunca representa el estadio final de la vida creyente y apostólica. Podemos pasar por la decepción pero no terminar en ella. Si Dios no mira el mundo desde el desengaño, ¿quiénes somos nosotros para enrocarnos en la desilusión? Más bien, habremos de tomar los sentimientos que genera la misión y llevarlos al lugar donde Cristo los puso: en la cima del Calvario, junto al Padre. Es desde esa entrega postrera desde donde Dios nos mira. Y en ella nos escucha cuando elevamos el corazón con confianza, aun a través de llantos y quejidos. Por eso es tan importante contemplar a Jesús para entrar en su oración. No con las muchas palabras, sino con el mucho amor.

Fraternalmente:
Adrián de Prado Postigo cmf

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