Comentario al Evangelio del

Adrián de Prado Postigo cmf

Queridos hermanos:

A la postre –alguien dirá– es inapreciable la diferencia entre aquellos que dicen tener fe y quienes caminan por el mundo sin ella. A todos –unos y otros– nos toca bregar en el mar de la historia con idénticos asuntos. A todos nos reserva la vida un puñado de alegrías y no pocas penas. A todos nos llegará un día la muerte, «tan callando». Y muchos hombres y mujeres –creyentes o no– han de afrontar una existencia dolorosa e injusta, repleta de «luchas, infortunios, apuros, golpes, cárceles, motines, fatigas, noches sin dormir y días sin comer» (2Cor 6,4-5).

Es ciertamente así: la fe no nos libra de ninguna de las pruebas de la vida. Todo lo humano nos afecta a todos hasta la raíz, hayamos sido agraciados o no con el don de la esperanza en Dios. No hay norma alguna de la existencia que pierda vigencia para quien cree. Sin embargo, sí existe una ley que no rige para cualquiera, una ley que solo puede descubrir quien mira el mundo bajo la luz de Dios. Es la ley de la prodigalidad infinita que nace del amor divino. Creer es tanto como vivir sostenidos y exigidos por una generosidad que no tiene fin.

A esta ley nueva de la desmesura apelan Pablo y Mateo en las lecturas que hoy se proclaman en la liturgia. Pablo explica que los cristianos portan la gracia de arrostrar las dificultades de la vida con un plus de liberalidad que sería impensable sin el don de la fe.  Así se entiende la extraña forma de proceder de los creyentes cuando son perseguidos: «con limpieza, saber, paciencia y amabilidad, con dones del Espíritu y amor sincero, llevando la palabra de la verdad y la fuerza de Dios» (2Cor 6,6-7). Hasta el punto de poder ser considerados «los afligidos siempre alegres, los pobres que enriquecen a muchos» (2Cor 6,10). En un lenguaje más exhortativo, el Cristo de Mateo apela a la misma ley de la sobreabundancia: poner la otra mejilla, prestar también la capa, caminar una milla más... son todo muestras de una largueza más propia de Dios que de los hombres. Pero –he aquí la maravilla– también de los hombres transformados por la sinmedida del amor de Dios.

Fraternalmente:
Adrián de Prado Postigo cmf

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