Comentario al Evangelio del

Fredy Cabrera, cmf

Queridos hermanos y hermanas:

Recorrido ya el camino pascual y tras la recién celebrada fiesta del Espíritu (Pentecostés), retomamos el tiempo ordinario con lecturas que ponen a prueba nuestra madurez en la fe. Con términos como «tribulación», «sufrimiento» y «consuelo» San Pablo en su segunda carta a los Corintios nos recuerda que el medidor del testimonio cristiano lo encontramos en la cruz de Cristo. Si diariamente y en comunidad, a impulso del Espíritu, nos solidarizamos con el que sufre cualquier tribulación, no sólo seremos signos de la providencia amorosa de Dios, sino que recibiremos el consuelo y fortaleza que brota de ese mismo amor manifestado. Compartir con los crucificados nos permitirá palpar la vida resucitada de Jesús que nos invita a crecer en el amor y en la humanización de nuestras relaciones interpersonales.

La misión encomendada a cada creyente comporta sacrificios y renuncias, capaces de generar vida, y nada tienen que ver con sumisión, resignación o conformismo. En nuestro corazón ha de permanecer grabada la imagen de la semilla que cae en tierra para multiplicarse y dar vida (Jn 12,24). Así mismo, la vida de los «bienaventurados» del evangelio que Mateo nos presenta: los empobrecidos, afligidos, desposeídos que esperan de la comunidad de creyentes no sólo caridad y lastima sino compromiso solidario, a ejemplo de los limpios de corazón, los misericordiosos y los que luchan por la paz y la justicia. Todos juntos estamos llamados a buscar que el Reino de Dios anunciado por Jesús se haga presente en nuestro mundo. Recordemos que el Reino no es otra cosa que este mundo pensado según Dios sin ambiciones y codicias, sin fronteras o discriminación, sin fanatismos ni fundamentalismo. Un mundo donde la siembra del amor sincero y desinteresado nos de una cosecha abundante de «vida» donde sea respetada, no solo la dignidad humana sino toda la creación.   

A Jesús y sus seguidores los caracterizaba una «compasión entrañable» capaz de transformar vidas y realidades. Pidamos al Espíritu Santo en nuestra oración nos conceda a nosotros y a nuestras comunidades el don inapreciable de la «compasión» que nos mueva a actuar.

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