Comentario al Evangelio del

Adrián de Prado Postigo cmf

Queridos hermanos:

«Yo soy el Pastor», dice el Señor. Y no necesita decir ni hacer nada más, porque Él es pastoreando. Las ovejas no precisan que el pastor hable u obre de este o aquel modo para convencerse de su compañía: el pastor es con ellas y ellas viven serenamente en su presencia. La tarea del pastor no es persuadir a, sino estar con. Así pues, no sirve de nada reclamar a Dios que se haga valer frente a nosotros; el secreto de la vida y de la fe es, más bien, el contrario: solo quien se convierte en oveja percibe al Pastor, solo quien es capaz de estar junto al Pastor se reconoce a sí mismo como cordero. Conocer a quien está presente, seguir a quien nos llama...

Sin embargo, frente al valor de la presencia y del seguimiento, los judíos que aparecen en el evangelio de hoy anteponen el ansia de seguridad y de autoafirmación. No parecen capacitados para ver y escuchar al que es y está, sino que, urgidos por un deseo insano y virulento, rodean a Jesús y lo inquieren con frustración. Su ansiedad es tantas veces la nuestra... Qué sencillo es volverse presa de la desesperación o el frenesí. Como si la impaciencia hubiese abierto alguna vez las puertas de la vida... Rodeamos acuciosos a cuantos creemos que pueden procurarnos algo de consuelo o de felicidad... ¡incluso al mismo Dios! Le zarandeamos en nuestro interior para que venga, cuando Él nunca se ha ido. Y todos nuestros intentos resultan vanos, porque no hay nada más infructuoso para quien busca a Dios que vivir en la exigencia.

El célebre Prometeo de la mitología griega entendió la fe como un doble arrebato: el de la soberbia que moviliza nuestra alma como un torbellino irrefrenable y el de la irreverencia que pretende hurtar a Dios lo que solo Él puede regalar. Prometeo, el ladrón del fuego sagrado, jamás pensó que sus dioses pudiesen ser pastores. No así Jesús, hombre manso y humilde de corazón que, sabiendo que «nadie puede arrebatar nada de la mano del Padre», ofrecía todo lo de Dios con su sola presencia, con su solo pastoreo.

Cuando comprendieron esta verdad, los discípulos dejaron de buscar angustiados al Señor en el sepulcro. Y comenzaron a percibirlo allí donde se le encuentra: en cada hombre que se abre a su voz, que se adhiere a su compañía. Ya en Jerusalén o en Antioquía, en el pórtico del templo o en los confines del orbe.

Fraternalmente:
Adrián de Prado Postigo cmf

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