Comentario al Evangelio del

Adrián de Prado Postigo cmf

Queridos hermanos:

Después de los millones de páginas que la Historia ha escrito fijando en Él los ojos, Jesús permanece en su misterio, que es a la vez inefable y revelador. Ninguna palabra pronunciada por Él o sobre Él agota su persona, pero todas sus palabras dejan ver su corazón. El Hijo de Dios es el mejor exégeta de sí mismo y, por extensión, en Él hallamos el acceso más directo al Padre. Los evangelios de esta cuarta semana de Pascua insisten de muchos modos en esta verdad. Jesús se dice en todo lo que dice; en todo lo que habla, habla del Padre. Escuchar a Cristo es tanto como conocerlo; conocer a Cristo, el punto de partida para amar a Dios.

«Yo soy la Puerta», dice el Señor en el evangelio de Juan. La Puerta del aprisco. Una comparación osada y extraña, oscura incluso para quienes lo seguían más de cerca, que «no entendieron de qué les hablaba». Jesús habla de puertas y tapias, de ladrones y pastores, de entrar y salir en el aprisco, de «las suyas» y «los extraños», de «los que vinieron» y «los que vendrán». Habla del pueblo y de su historia pasada, del pueblo y de su historia futura. Y de Él mismo como eterno presente para todos los que quieren encontrarse con Dios o darlo a conocer. Antes de presentarse a sí mismo como «Buen Pastor», Jesús hace notar a su rebaño que el redil tiene una puerta y que solo quien es capaz de descubrirla y de pasar por ella tiene acceso a la Vida, ya como oveja, ya como pastor. Dicha Puerta es Él mismo ofrecido de una vez para siempre por sus hermanos. No se puede entrar a la casa del Padre si no es por el umbral del Hijo; no se puede salir a los pastos de Dios si no es por la divina humanidad de Cristo.

La imagen es a la vez hermosa y retadora. Seguramente lo ha sido siempre, pero en un mundo tan plural como el nuestro suena incluso escandalosa. Al fin y al cabo, apenas quedan ya apriscos en pie y los que hay se han llenado de puertas y ventanas: cada oveja, con más o menos acierto, campa por sus fueros. ¿Cabe sostener, hoy como ayer, que existe solo un camino, una verdad, una vida? ¿Qué significa para nuestra fe y nuestro anuncio que solo Cristo sea la Puerta de la Vida abundante?

Una cosa parece clara: nadie que haya conocido la Puerta puede obviar la invitación a atravesarla, nadie que haya escuchado al Pastor puede sustraerse a su palabra. Aun cuando nosotros caminemos a tientas, «como busca la cierva corrientes de agua», lo cierto es que Puerta de Dios ha quedado abierta para todos y para siempre. Por tanto, toda búsqueda será cabal si no prescindimos de quien nos ha buscado primero, aunque esto implique –como para Pedro en la lectura de Hechos- abrirse a una verdad que no siempre sabemos o queremos reconocer.

No hay por qué angustiarse: dicen que, de hecho, ningún redil de los que conoció Jesús tenía puerta. La puerta era el mismo pastor que, ya tumbado, ya de pie, guardaba al rebaño en su descanso o lo acompañaba en su itinerancia. ¡Entremos por la Puerta que es Pastor de todos! ¡Sigamos al Pastor que es Puerta de la Vida!

Fraternalmente:
Adrián de Prado Postigo cmf

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