Comentario al Evangelio del

Edgardo Guzmán, cmf.

Queridos amigos y amigas:

Hemos iniciado la tercera semana del tiempo de Pascua.  Durante este tiempo somos invitados a pedir la gracia de experimentar que Jesús está vivo y resucitado. La fuerza de su Espíritu sigue actuando hoy en tantos hombres y mujeres que se dejan tocar por su dinamismo transformador. Más allá del miedo, la oscuridad y la injusticia de nuestro mundo; tenemos la firme esperanza de que la muerte no tiene la última palabra, nuestra vida esta llamada a ser un reflejo de esta esperanza pascual.

Es lo que encontramos en la primera lectura de hoy: el testimonio de Esteban que «lleno de gracia y poder, realizaba grandes prodigios y signos en medio del pueblo». Para nosotros hoy realizar grandes signos no se trata de hacer cosas para llamar la atención, ni de fenómenos extraordinarios para suscitar admiración y desconcierto.  El libro de los Hechos nos transmite que la grandeza de nuestro testimonio es porque vivimos desde la sabiduría y el espíritu del Señor.

Como Esteban también nosotros estamos llamados a dar testimonio en las pequeñas cosas de cada día, en palabras del Papa Francisco se trata: «la santidad en el pueblo de Dios paciente: a los padres que crían con tanto amor a sus hijos, en esos hombres y mujeres que trabajan para llevar el pan a su casa, en los enfermos, en las religiosas ancianas que siguen sonriendo. En esta constancia para seguir adelante día a día, veo la santidad de la Iglesia militante. Esa es muchas veces la santidad “de la puerta de al lado”, de aquellos que viven cerca de nosotros y son un reflejo de la presencia de Dios, o, para usar otra expresión, “la clase media de la santidad”».

El Evangelio que leemos hoy es el inicio del discurso de Jesús sobre el «Pan de vida» en la sinagoga de Cafarnaúm. Comienza con  una fuerte interpelación sobre las motivaciones por las cuales buscamos al Señor. Jesús lo plantea con claridad: «me buscan no porque han visto signos, sino porque comieron pan hasta saciarse». Sus palabras nos ayudan a discernir y purificar nuestras intenciones en su seguimiento. Podemos preguntarnos: ¿Por qué busco al Señor? ¿Dónde busco el pan que alimenta mi vida? ¿Qué está alimentando mi vida?

El tiempo de Pascua es una oportunidad para redescubrir en los pequeños signos de cada día la presencia de Dios en nuestra vida, en las personas que nos rodean, en los acontecimientos de nuestra historia. Pidamos en nuestra oración la gracia de abrirnos a la gratuidad para seguir al Señor Resucitado con un corazón desinteresado, creyendo y confiando plenamente en Él.

Fraternalmente, Edgardo Guzmán, cmf.
eagm796@hotmail.com

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