Comentario al Evangelio del

Alejandro Carbajo, cmf

Queridos amigos, paz y bien.

“¿Vendrá a la fiesta?” La gente se encuentra dividida con respecto a Jesús. A unos les ha abierto los ojos, han visto sus signos, y no entienden cómo puede ser todo ese bien obra de un pecador. Otros no acaban de ver bien que se cambien cosas, que no se respete el sábado, viven con los ojos vendados, sin querer ver.

Las autoridades lo tienen claro. Así no se puede seguir. Si continúa haciendo milagros, ciertamente la muchedumbre, que ya había querido proclamarlo rey, lo declarará libertador de la nación, suscitando el furor de los romanos. Consiguientemente el templo podría ser destruido. Hay que evitar de cualquier modo este peligro.

La decisión muestra la ceguera total de los jefes respecto a Jesús. Desde el comienzo de su predicación Jesús había anunciado ser el nuevo templo, pero no entendieron sus palabras. Intervino Caifás con su propia autoridad. Ya no le acusa de blasfemia, ni la ilegalidad de los actos de Jesús constituye el tema de su discurso; de su boca salen palabras dichas por "razón de Estado", dictadas por interés político. El individuo debe ser sacrificado "por" el bien común. Y con estas palabras, sin querer, se convierte en profeta.

A lo largo de este tiempo de pasión tendremos ocasión de enfrentarnos al misterio de la cruz. Cristo ha venido para hacernos partícipes de la promesa maravillosa de que Dios es todo en todos. Para realizarlo, no ha suprimido los conflictos ni nos ofrece una paz barata. Él mismo se ha adentrado en el centro del conflicto que divide el corazón humano y nos ha conseguido la victoria del amor. Se trata de una victoria lograda mediante la locura de la cruz y el sacrificio de la obediencia, que coincide cabalmente con la gloria eterna.

A través de este camino, también nosotros podemos entrar en la gloria, que comienza ya aquí. Ésa es la tarea de nuestra vida, el compromiso de este día. Rechazar la lucha – seguir lo que el instinto nos dice – es como permitir que la división arraigue en nosotros y en el mundo es como ponerse al lado de los enemigos de Cristo. Aceptar generosamente la lucha, contando con la gracia de Dios, pedida en la oración, significa participar en la victoria definitiva del amor y poseer ya el gozo de Dios.

Eso es, quizá, lo que tenemos que pedirle a Dios. Que nos ayude a mantenernos al lado de Cristo, fieles en la lucha, todos los días de nuestra vida. Y formar parte de ese pueblo unido, del que nos habla la primera lectura.

Vuestro hermano en la fe, Alejandro, C.M.F.

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