Comentario al Evangelio del

Carlos Latorre, cmf

Queridos amigos y amigas:

Situamos la escena que nos narra el evangelio en Nazaret, donde hoy se alza la basílica de la Anunciación, la más grande de las iglesias católicas construidas en Tierra Santa. Dentro de esa iglesia se conserva la llamada casita de Maria donde ella vivía con sus padres y donde recibió la visita del Ángel.

En medio de este tiempo de Cuaresma el calendario cristiano nos propone la figura de la Madre de Jesús, la Virgen Maria, en el misterio de la Anunciación del ángel Gabriel. En aquel momento María era una joven muchacha en edad de casarse, pues estaba prometida en matrimonio a José. El matrimonio estaba previsto, pero aún no habían convivido juntos, por eso María le dice al ángel que todavía no convive con su futuro marido.

En esta narración del evangelio hay dos protagonistas, la Virgen María y la Palabra de Dios que transmite el ángel Gabriel. María en su sencillez está abierta a la voluntad de Dios. Y es la Palabra de Dios la que transforma, da seguridad y, sin forzar la libertad de María, la lleva a una aceptación gozosa de la voluntad divina. María responde que se cumpla en mí tu Palabra.

De hoy en adelante la historia del mundo será de otra manera. Dios se hace hombre y la joven Maria será su madre. Por eso ella ocupa un puesto tan especial, único, en los designios de Dios sobre la humanidad. El “sí” de María en su humana pequeñez inaugura todos los “síes”  que los seres humanos somos invitados a dar a las llamadas de Dios.

María después de escuchar, acoge. Las palabras dan fruto en su interior, no pasan como el viento, sino que se quedan y echan raíces en su corazón. Aprendamos de María a vivir una acogida humilde del Plan de Dios en nuestra vida. Que ella nos enseñe a aceptar con amor los designios divinos y a no alejarnos de su presencia.
La aportación de María como madre de Jesús no consiste solamente en haberle dado un cuerpo, sino también en formarlo y educarlo, igual que hace toda buena madre y esa es su mayor alegría.

Sabemos que en su Hijo Jesús ella nos abraza a todos los que somos sus discípulos. A ella acudimos cuando nos sentimos tentados, tristes o en peligro. Y como nos enseña el Papa Francisco:

“Ella es la que se estremecía de gozo en la presencia de Dios, la que conservaba todo en su corazón y se dejó atravesar por la espada. Es la santa entre los santos, la más bendita, la que nos enseña el camino de la santidad y nos acompaña. Ella no acepta que nos quedemos caídos y, a veces, nos lleva en sus brazos sin juzgarnos. Conversar con ella nos consuela, nos libera y nos santifica. La Madre no necesita de muchas palabras, no le hace falta que nos esforcemos demasiado para explicarle lo que nos pasa. Basta musitar una y otra vez: «Dios te salve, María…»”.

Acompañados por la Santísima Virgen María madre de Jesús y madre nuestra vivamos este tiempo de Cuaresma con el corazón fijo en la Pascua, fiesta de Resurrección.

Vuestro hermano en la fe
Carlos Latorre
Misionero Claretiano
carloslatorre@claretianos.es

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