Comentario al Evangelio del

José María Vegas, cmf

La viña del Señor y sus frutos

La parábola de la viña expresa el amor, la fidelidad y el cuidado de Dios hacia el pueblo elegido, y la contumaz infidelidad de este último. Dios es el que ha creado a este pueblo, lo ha liberado, le ha propuesto una alianza de amor; pese a las infidelidades no ha dejado de enviarle emisarios, los profetas, que han hablado en nombre de Dios y han exhortado a renovar la alianza. Aunque con excepciones, el pueblo y sus dirigentes, han desoído una y otra vez esas llamadas, se han revuelto contra los enviados, los han despreciado, perseguido, matado. Cuando Jesús llega al cénit de su narración: “Por último les mandó a su hijo”, ya no habla del pasado: él es el hijo enviado por Dios como último recurso y como extrema expresión de su amor hacia su viña. Y la reacción de los labradores es una profecía de la de los sacerdotes y ancianos contra él.

Con su denuncia, Jesús les dirige una última llamada a ser fieles y a cumplir con su misión. Porque la elección no es un privilegio, sino un servicio sacerdotal, de mediación entre Dios y la humanidad. Igual que una viña no da frutos para sí, sino que los ofrece a todos, así los que Dios espera de Israel son frutos de santidad, justicia y salvación ofrecidos a todos los hombres sin excepción.

El fracaso de Israel, que rechaza a Jesús como Mesías y lo conduce a la cruz, pone de manifiesto el poder y la providencia de Dios, que no manipula la historia, pero sabe sacar bien del mal, vida de la muerte. Así, la infidelidad de Israel es ocasión para la apertura universal de la revelación bíblica, entregada a otro pueblo que produzca frutos, fundado sobre Jesucristo, la piedra desechada por los arquitectos, y convertida en piedra angular. Ese pueblo es la Iglesia, depositaria de una nueva alianza, que no pasará ya nunca, precisamente porque su fundamento es el mismo Cristo.

Ahora bien, la conciencia de ser el nuevo pueblo de Dios, y de que el vínculo que nos une con él no será revocado jamás, no debe hacernos olvidar que se trata también de una vocación sacerdotal, de mediación y de servicio. Hemos sido llamados a la viña del Señor no para holgar, sino para trabajar en ella, y para producir frutos de buenas obras, de santidad, de paz, de fraternidad y de justicia, y para ofrecer esos frutos a toda la humanidad, invitando sin coacción a quien quiera a unirse en este trabajo, a Cristo como los sarmientos a la vid (cf. Jn 15 1-6). Ser cristiano consiste en asumir una actitud de servicio y apertura.

En esta tarea que Jesús nos confía tenemos que tener una conciencia lúcida de nuestra debilidad, del peligro de ser infieles, como Israel. Sabiendo que la nueva alianza es definitiva, si nosotros no respondemos a la llamada de Dios con fidelidad, ¿dónde quedará la esperanza de la humanidad? ¿Quién salará la sal desvirtuada? (cf. Mt 5, 13). Lo que Jesús les dice hoy a los sumos sacerdotes y a los ancianos, nos lo dice también a nosotros. Nos invita a examinarnos del peligro de pretender hacernos dueños de la viña, de hacer de ella un coto cerrado, de ser incapaces de reconocer a los criados que Dios nos envía, los profetas de nuestro tiempo por medio de los cuales nos habla Dios.

El Evangelio de hoy es una dramática llamada de atención a todos los cristianos a salir de la modorra, a tratar de responder con fidelidad a la llamada de Dios, para poder dar frutos de santidad para la vida del mundo.

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