Comentario al Evangelio del

José María Vegas, cmf

Para superar abismos

En estos tiempos antropocéntricos que nos ha tocado vivir rechinan las palabras del profeta Jeremías: maldito quien confía en el hombre. ¿Es esto acaso una invitación a la desconfianza en nuestras relaciones humanas, siendo así que solo desde ellas es posible construir una convivencia digna de ese nombre? Es claro que Jeremías se refiere a esa confianza que sólo se puede y debe depositar en Dios, la confianza en la salvación, que ningún hombre, ni institución humana, ni ningún bien limitado puede dar.

Un buen ejemplo de esa falsa confianza que lleva a la perdición es la del rico Epulón (como la tradición ha querido llamarlo) en la parábola que hoy nos cuenta Jesús. No parece exactamente una confianza “en el hombre”, pero sí en las cosas humanas, como la seguridad que otorgan las riquezas. Puede ser también la confianza en el poder y la fuerza, o en determinadas ideologías humanas, o en los personajes que las encarnan. A todas esas cosas hay que otorgarles una confianza limitada y vigilante, no definitiva y entregada, la única que se puede depositar en Dios. Esa confianza indebida, además de poner nuestra esperanza de salvación en lo que no nos puede realmente salvar, con mucha frecuencia cierra las entrañas a las necesidades de los demás. El pecado de Epulón, confiado en sus riquezas, era la idolatría de no reconocer a Dios como el único salvador, pero también la consiguiente dureza de corazón que le impedía descubrir en Lázaro a un semejante y un hermano. No es Dios el que condena al hombre por sus pecados, sino el hombre mismo el que se condena a sí mismo, por apartarse de la fuente de la vida y ser incapaz de sentir misericordia y de compartir sus bienes con los necesitados.

Esos pecados abren abismos entre nosotros, pero también con Dios, con el Dios que se ha encarnado y sufre en sus pequeños hermanos. Sin embargo, esos abismos se pueden superar: se pueden construir puentes de generosidad, misericordia, fraternidad. Para ello hay que escuchar con confianza la voz de Dios, que resuena en nuestra conciencia, pero que también nos habla directamente, por Moisés y los Profetas, y de manera definitiva en Jesucristo. Quien no escucha esa voz que suena con palabras humanas, no se conmoverá ni aunque sucedan visiones extraordinarias, ni aunque resucite un muerto. Y es que ese muerto ya ha resucitado: es Jesucristo. Pero para verlo resucitado hay que estar abiertos a la Palabra que nos dirige en nuestra cotidianidad, en la lectura de la Biblia, en su proclamación en la liturgia, sí, en ese sencillo gesto de “ir a Misa”. Esto es, hay que creer, hay que confiar.

La parábola de Jesús suena apremiante, llama a tomar una decisión urgente: “después” ya no habrá modo de superar los abismos, sólo se nos ha dado este tiempo para hacerlo. No podemos decir que no se nos ha avisado. Es precisamente confiando en Dios y escuchando sus palabras como mejor podemos correr en auxilio de los necesitados para, en actitud de generosidad y de servicio, superar los muchos abismos que nos separan.

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