Comentario al Evangelio del

José Luis Latorre, cmf

Queridos amigos.

Muchos cristianos hacemos como los oyentes de Jesús: queremos ver signos. Buscamos signos espectaculares y maravillosos, garantías, para creer en Dios y reconocernos pecadores y necesitados de la misericordia divina. Necesitamos alimentar nuestra fe en apariciones o revelaciones de la Virgen o de algún santo o santa. Y somos muy dados a dar crédito a tales cosas, y no valoramos tanto la revelación de Dios que está en la Biblia.

Jesús es la señal del amor de Dios para nosotros: él vivió entre nosotros haciendo el bien a todos, nos enseñó el camino de Dios, y, clavado en la Cruz de pies y manos, entregó su vida por nosotros. Ante la Cruz de Jesús todos estamos llamados a decidir si cerramos el corazón o lo abrimos a una nueva vida. Muchos vendrán de remotas lejanías –desde el pecado, desde otras mentalidades, desde otras culturas- para aprender la sabiduría del Crucificado, y nosotros que ya le conocemos podremos quedar fuera porque seguimos buscando señales de la presencia de Jesús fuera.  No busquemos más señales cuando ya tenemos con nosotros la mejor señal –Jesucristo- que podemos ir redescubriendo cada día.

La Cuaresma es una buena oportunidad para ir conociendo más íntimamente a Jesús meditando diariamente su Palabra. Durante este tiempo se nos invita a escuchar con atención y devoción la Palabra de Vida y dejar que la fuerza salvadora de la Palabra de Jesús penetre en nuestro corazón y lo vaya cambiando.  Y así como las palabras de Jonás movieron a los ninivitas al arrepentimiento y la conversión,  así también la Palabra de Jesús realizará nuestra conversión si la acogemos con fe, porque “aquí hay uno que es más que Jonás”, dijo Jesús a su generación.  Y esa conversión producirá en nosotros la salud como regalo, es decir la paz, la alegría, la esperanza  y los deseos de hacer el bien a los demás.

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