Comentario al Evangelio del

José Luis Latorre, cmf

Queridos amigos

El Evangelio de hoy nos habla de “odres viejos y odres nuevos, y de vino nuevo”. Jesús, su mensaje y su estilo de vida, es el vino nuevo. Lo antiguo ha terminado, lo nuevo ha llegado. Es verdad que Jesús fue un judío amante de sus tradiciones y costumbres, pero profundamente innovador. Jesús dio el sentido verdadero a muchas prácticas religiosas de su tiempo y marcó el camino para distinguir entre lo viejo y lo nuevo. Las prácticas y costumbres  religiosas tienen valor y sentido cuando nacen de un corazón renovado por la escucha de la Palaba de Dios; un corazón que está abierto a Dios sabe dar sentido a los ritos, preceptos y ceremonias, de lo contrario se convierten en rutinarios y vacíos, y no sirven de nada. Con razón dice el Profeta: “este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí”.

El vino nuevo es la obediencia a Dios que Jesús vivió a lo largo de toda su vida. Una obediencia que nace de un corazón abierto al soplo del Espíritu, de un corazón que acoge los planes de Dios con humildad y docilidad, un corazón que busca sobre todo la autenticidad en todo el proceder y actuar. Obediencia que no es un mero cumplimiento de normas y preceptos, sino una apertura a Dios  que en cualquier momento nos puede sorprender y marcarnos un camino diferente. Obediencia que pide apertura y receptividad. Obediencia  que pide disponibilidad y humildad  para aceptar la voluntad de Dios. “La obediencia vale más que el sacrificio” (1Sm 15, 22).

El vino nuevo en odres nuevos: el amor, la justicia, la fraternidad, la solidaridad, la honestidad, la sinceridad… que Jesús predicó y vivió no puede estar en los odres viejos del egoísmo, la mentira, la injusticia, la hipocresía, la desconfianza, la insolidaridad, las propias seguridades, el estilo de vida insolidario e individualista. El vino nuevo pide un cambio de mente y corazón, de actitudes y forma de vivir; un deseo de querer hacer las cosas de otra manera y sin aferrarse a viejos esquemas y tradiciones. Por eso Jesús comenzó su predicación invitando a cada uno a la conversión, y lo sigue haciendo constante y permanentemente.

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