Comentario al Evangelio del

Severiano Blanco, cmf

Queridos hermanos:

Hace unos días veíamos como Jesús llamaba a su seguimiento a dos parejas de hermanos: Pedro y Andrés, Santiago y Juan. No nos detuvimos en los detalles. Hoy encontramos un nuevo relato de llamada: la de un despreciable publicano. Leví tenía todas las contraindicaciones para formar parte del séquito de un profeta; era traidor a su pueblo y colaboracionista con el poder romano opresor; e incurría constantemente en impureza, al tratar con los funcionarios paganos para entregarles lo recaudado. Probablemente era también ladrón, cobrando más de lo debido a gente analfabeta e indefensa.

Pero en la llamada a ser seguidor de Jesús no cuentan méritos humanos, pues la iniciativa es solo de él. Podemos darnos cuenta de que Jesús es el sujeto de los tres primeros verbos: pasaba por el muelle, vio a Leví, le llamó. Leví no le esperaba, ni consta que desease cambiar de oficio; en esta primera parte de la escena es personaje pasivo, mero receptor de un don.

Históricamente hablando cabe suponer que el episodio fue más complicado; nadie se marcha, sin más ni más, con un desconocido; nadie aventura su futuro dejando el empleo sin garantizarse otra forma de economía para sí y para su familia… Pero los evangelistas han reducido la narración a mínimos: el creyente debe saber que, si Jesús llama, no se le ponen objeciones, no se le piden razones ni se hacen cálculos. ¡Es el Señor!

Con esta nueva incorporación, el grupo que rodea a Jesús comienza a ser cuestionable. Seguramente más de un observador se hizo las consideraciones más tarde encontraremos en un tal Simón, cuando, en su casa, Jesús se deje agasajar por una prostituta: “Si este fuese profeta, sabría…” (Lc 7,39). El mismo Jesús queda cuestionado. Y el motivo del cuestionamiento se acentuará con la segunda escena de hoy: la comida de publicanos y otros pecadores con Jesús. Nuestros traductores han dulcificado algo el episodio, indicando por su cuenta que es Leví quien prepara el banquete. Pero el texto original no dice “en casa de Leví”, sino “en casa de él”, es decir (con gran probabilidad), de Jesús. Al parecer es Jesús mismo quien, en su casa (pudiera ser la de Pedro), prepara una comida a la que convida a toda esa “chusma”.

Los restaurantes modernos nos han enseñado a comer junto a desconocidos. Pero en la cultura y época de Jesús eso era inconcebible. Compartir mesa o comedor era compartir la vida. Y, en una sociedad tan religiosa y puritana, ¿quién se atrevería a comer, en un lugar visible, con gente “indeseable”? Jesús rompe todos los moldes.

Algunas personas con prestigio religioso, escribas de tendencia farisea, piden explicaciones de conducta tan escandalosa. Y Jesús la da con gran simplicidad. Él es el médico de los enfermos; pero es sobre todo la encarnación de la bondad del Padre que recibir a sus hijos pródigos y celebra con ellos un banquete: comparte con ellos lo que es y lo que tiene. Nada tan poco cristiano como el puritanismo de quien “nunca se mancha”.

Vuestro hermano
Severiano Blanco cmf

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