Comentario al Evangelio del

Severiano Blanco, cmf

Queridos hermanos:

Las traducciones han dulcificado mucho el recuerdo de la curación del leproso. Los manuscritos antiguos más fiables, en vez de un Jesús “compadecido”, hablan de un Jesús “airado”; y esa ira está muy en sintonía con la “severidad” que seguidamente se menciona.

La escena debió de revestir para Jesús una gran seriedad: la presencia del leproso le trajo a la mente algo que él no soportaba, el comportamiento inmisericorde que en Israel se practicaba con los leprosos, manteniéndolos alejados y considerándolos malditos de Dios. La ira de Jesús no va contra el pobre leproso marginado y excluido del culto, sino contra “los piadosos” judíos que no sabían apiadarse; esto a Jesús le indignaba. La originaria precaución ante posible contagio físico se había convertido en prevención ante una supuesta contaminación religioso-moral. La lepra era motivo de marginación religiosa.

Pero Jesús se confesó una y otra vez como el que había venido a buscar a los supuestos pecadores, a los de fuera, a los perdidos. No le importó que le tildasen de “amigo de publicanos y pecadores” (Mt 11,19). En eso se alejó radicalmente de las autoridades religiosas de su tiempo. Muy probablemente la expresión “que les sirva de testimonio” deba entenderse en el sentido de “testimonio contra ellos”, contra los puritanos sacerdotes que pretendían garantizar la santidad del templo excluyendo de él a todo leproso o a todo pecador público.

Lo de Jesús en cambio es la salud humana integral. Él no ahuyenta, sino que acoge; no impide que el leproso se le acerque, incluso le toca con su mano. Y no se conforma con limpiarle de la lepra: le integra de nuevo en la comunidad cultual de Israel, podrá participar de nuevo en la liturgia de la sinagoga y del templo.
No ha sido el papa Francisco el primero en desear una Iglesia que salga fuera de sus espacios sacros, que “se manche” con la suciedad de este mundo, aunque atufe a borrego. En Madrid se creó hace unos años la peculiar parroquia de San Antón, hogar para gente marginada, sucia, quizá a veces procedente del mundo de la droga, del alcoholismo, de la delincuencia. No sé si todo lo que se hace en San Antón es digno de loa; pero la iniciativa va inconfundiblemente en la más pura línea jesuana. Donde hay misericordia, lo de Jesús sigue adelante; si esta falta… allí no está la Iglesia de Jesús.

A veces estas iniciativas fracasan por la escasez de logros, y muchos voluntarios se echan atrás. Es la tentación de la impaciencia, que contrasta con la paciente magnanimidad de Dios para con todos (cf. 2Pe 3,9). La carta a los Hebreos es una exhortación a los cansados, a algunos que están tirando la toalla; se combate la tentación de desertar, se pide al creyente “firmeza hasta el final en la decisión del principio”.

Vuestro hermano
Severiano Blanco cmf

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