Comentario al Evangelio del

Severiano Blanco, cmf

Queridos hermanos:

Algún estudioso ha cuestionado la salud mental de Jesús. Su autoridad personal en la exposición de la Escritura (sin citar a especialistas reconocidos) y sus órdenes taxativas a las fuerzas del mal admiten en teoría más de una explicación. ¿Sería realmente un gran profeta, un verdadero taumaturgo, el Mesías e Hijo de Dios? ¿O sería un “iluminado” más, un megalómano que se atribuía a sí mismo todas esas características?

A tales cuestionamientos no es difícil responder. El megalómano necesita aplauso y aceptación; actúa con solemnidad y da el espectáculo. En cambio Jesús realiza las curaciones con suma simplicidad, casi ocultándose; incluso alguna vez da orden de que no se cuenten a nadie; y se escabulle ante el riesgo de aclamación popular, se oculta: “sabiendo que vendrían a tomarle por la fuerza y hacerle rey, se retiró de nuevo al monte, él solo” (Jn 6,15). Hay en Jesús cualquier cosa excepto megalomanía; nunca tanta majestad actuó con tanta simplicidad, y a cambio de nada.

Los evangelistas se mueven en un cierto dilema. Por un lado se les impone el dato histórico de un Jesús que rehúye cualquier glorificación popular, pues no busca su gloria, sino la del Padre (Jn 8,50), y el bien del hombre: “se marchó a un lugar solitario”. Por otro, quieren mostrar ya en la vida de Jesús una especie de pre-iglesia, una multitud reunida en torno a él (“la población entera se agolpaba a la puerta”), que lo espera todo de él (“todo el mundo te busca”), que de él recibe salud (“curó a muchos enfermos de diversos males”). La suegra de Pedro es para la Iglesia el ejemplo de la persona agraciada por Jesús: se pone al servicio de la comunidad.
De nuevo el ilustrado autor de la carta a los Hebreos nos ayuda a contemplar en profundidad la acción de Jesús. Es el encarnado (¡acabamos de celebrar la Navidad!), en todo semejante a nosotros, incluso en haber pasado por la prueba de la tentación y del dolor; nos toca en suerte el privilegio de ser sus hermanos. Como hermano nuestro, “nos tiende una mano”.

Siendo hermanos suyos, nos toca a nosotros tener también sus comportamientos, como tender la mano a los postrados, retirarnos de vez en cuando a orar en soledad y ser conscientes –sin ansiedad– del ancho mundo, las “otras aldeas”, a que somos enviados.

Vuestro hermano
Severiano Blanco cmf

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