Comentario al Evangelio del

Severiano Blanco, cmf

Queridos hermanos:

Uno de los rasgos más llamativos del Jesús histórico fue su excepcional conciencia de autoridad, en el hablar y en el actuar. Esto llamó la atención de sus contemporáneos, que alguna vez le preguntaron: “¿Con qué autoridad haces esto?” En las sinagogas de su tiempo se practicaba la lectura bíblica y la predicación explicativa; había especialistas en ello, los llamados “escribas”. Estos, al exponer el sentido del texto, disfrutaban citando a escribas anteriores; así mostraban su erudición y daban peso a sus afirmaciones.

Pero Jesús es diferente. Debió de tener algún maestro particular (sabía leer y escribir, cosa nada corriente por entonces), pero lo suyo no llegó a “carrera” de escriba; los contrincantes se preguntarán: “¿Cómo puede este saber de letras sin haber estudiado?”  (Jn 7,15). Es indiscutible que gozó de una perspicacia extraordinaria y de gran capacidad persuasiva; por eso en la sinagoga se le ofrecía oportunidad para leer o predicar. El Talmud, siglos más tarde, le acusa de “haber seducido a Israel”; y sabemos que en la “seducción” juega un papel importante la palabra.

A la palabra de Jesús le dio una credibilidad extraordinaria el hecho de ir acompañada de signos, que visualizaban el contenido de lo que exponía. Ayer le oíamos anunciar la llegada del reino de Dios y hoy le vemos curando a un desesperado enfermo psíquico, un “endemoniado”, probablemente menospreciado por los israelitas, ya que en él suponían que actuaban poderes opuestos a Yahvé. Quizá no se sepa con precisión en qué consistía su enfermedad; lo importante es que en él, por medio de Jesús, Yahvé muestra que comienza a reinar, que el dolor humano retrocede y la comunión entre los humanos se restablece. Jesús anuncia y “realiza” la llegada de los tiempos mesiánicos. Ante esto, solo cabe la admiración: “¿Qué es esto?”. Y se perfila mejor la imagen tradicional de Dios: no desea otra cosa que el bienestar humano.

Recordando esta demostración, y otras que la seguirán, y recodando igualmente la autoridad de la palabra magistral de Jesús, la Iglesia naciente seguirá reflexionando acerca de él; le “ve coronado de gloria y honor” y le aplica el dicho del Salmo 8: “todo lo sometiste bajo sus pies”. Es otra forma de confesarle “Señor”.

Esto lo reafirma la carta a los Hebreos con una expresión que debió de tomar de una antigua fórmula bautismal: Jesús es Señor, “por quien existe todo y para quien existe todo” (cf. 1Co 8,5-6). Pero el erudito autor añade una observación de interés: “no vemos todavía que le esté sometido todo”. Jesús, por tanto, es el Señor de derecho, pero no lo es de hecho. Hay muchos que no le conocen, otros,, conociéndole, le rechazan; hay mucho poder del mal y estructuras de pecado. Hay en nosotros mismos, en nuestra sensibilidad y criterios, “zonas no suficientemente bautizadas”, poco iluminadas por su presencia.

Recibamos por tanto una llamada a la conversión, a dejarnos guiar y transformar por Él, y también una llamada a la misión, al testimonio, de modo que algún día ya no se pueda cantar aquello de “no es tu reino, Señor, la tierra no es tu reino”.

Vuestro hermano
Severiano Blanco cmf

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