Comentario al Evangelio del

Severiano Blanco, cmf

Queridos hermanos:

Hace un tiempo oí decir a una amiga muy creyente: “yo de la Biblia arrancaría un montón de páginas”. Creo que expresaba de manera algo bruta lo que otros dicen en términos más delicados: “Yo el Antiguo Testamento no lo soporto, con él no puedo orar”.

Probablemente a los judíos de la época de Jesús les sucedía algo parecido, pues muchos textos del AT ya tenían hasta diez o más siglos de antigüedad y no les eran inmediatamente inteligibles. Y entre esos judíos estaban los seguidores de Jesús y la primera generación cristiana. Pero esta tuvo una experiencia sorprendente; al escuchar y contemplar al Maestro, o al reflexionar posteriormente sobre lo acontecido en él, debió de exclamar: “ahora entiendo aquellos textos”.

En Jesús el AT se hizo claro, y hoy nos lo muestra magistralmente el escrito más culto y académico del NT, la carta a los Hebreos. Ahora ya se sabe a quién decía el Salmo 110 “siéntate a mi derecha”; se entiende igualmente quién era aquella “sabiduría” que precisamente en el libro de la Sabiduría (7,25) es definida como “reflejo de la gloria del omnipotente e impronta de su ser”, o a quién se dirigía el Sal 2,7 con la expresión “Hijo mío eres tú, yo te he engendrado hoy”, o el segundo libro de Samuel (7,14) con la promesa “Yo seré para él un Padre y él para mí un Hijo”. En el evangelio (Jn 5,39) nos encontremos a Jesús diciendo: “las Escrituras dan testimonio de mí” (tengamos en cuenta que para los primeros lectores del Evangelio no hay más Escrituras que el A T). Ojalá el Jesús en quien creemos constituya para nosotros esas “gafas mágicas” que nos permitan captar el sentido de las Escrituras, y a través de ellas conocerle a él más a fondo.

Pero Jesús no pretende ser simplemente conocido, sino “ser vivido”: que vivamos con él y que vivamos por él y desde él. Esos primeros discípulos a quienes llama al seguimiento deben acompañarle, amarle, copiar sus actitudes, involucrarse en su proyecto, anteponerle a cualquier otro valor; en eso consiste ser “seguidores”.
Parte de todo eso ya no podemos realizarlo literalmente como Andrés o Juan. Pero la llamada ha quedado para los creyentes de todas las épocas. Y el autor de Hebreos lo expresa con sublimidad: el Hijo nos sostiene con su palabra poderosa, nos sigue creando y recreando; en sus palabras seguimos percibiendo el designio último del Padre, expresado de forma imperfecta por los profetas, pero con nitidez “en esta etapa final…”.

La más antigua confesión de fe explícitamente cristiana (ya no meramente judía) es “Jesús es Señor” (1Co 12,3). Es, por tanto, digno de “seguimiento” y de adoración: “adórenle todos los ángeles” (¡cuánto más los hombres!). Es una feliz coincidencia que, recién concluido el tiempo de Navidad, la liturgia nos ofrezca esta visión de Jesús en profundidad (carta a los Hebreos) y el recuerdo de su pretensión de que le antepongamos a todo y le sigamos, porque él es el reflejo perfecto de la gloria del Padre puesto a nuestro alcance: “la Palabra se hizo carne, y hemos visto su gloria”. Recordemos la canción, quizá melosa pero con enjundia: “No adoréis a nadie, a nadie más; no pongáis los ojos en nadie más…”.

Vuestro hermano
Severiano Blanco cmf

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