Comentario al Evangelio del

Fernando Torres cmf

 

Aquí y ahora, en este momento

      La esperanza tiene un tiempo concreto. La esperanza no es algo que quede siempre en un futuro borroso y sin formas. La esperanza condiciona nuestra forma de vivir aquí y ahora. La esperanza nos hace pensar en algo que da sentido a lo que sucede aquí y ahora, en este momento, en mi vida y en la de mis hermanos, en el mundo y en el universo. En Adviento nuestra esperanza, la confianza en que este presente nuestro tiene sentido, encuentra sus raíces en el relato, repetido cada año y nunca asimilado del todo, del nacimiento de Jesús. A ese recuerdo se orienta todo el Adviento. 

      Pero hace falta que nos demos cuenta de que el relato del nacimiento de Jesús no es un mito de la antigüedad. No es una historia inventada para justificar unos determinados comportamientos o creencias. Es algo que sucedió en un momento histórico determinado, en un lugar geográfico concreto. El nacimiento de Jesús es la encarnación de Dios. Y esa encarnación es real. No es una visión. No es una novela de ficción. No es un sueño. Jesús fue un personaje histórico. Se relacionó con personas concretas. El Evangelio de Lucas se esfuerza por presentarlo en conexión con los hechos históricos del momento. Si Jesús fue bautizado por Juan, entonces Lucas nos informa de que Juan comenzó su ministerio profético “en el año quince del reinado del emperador Tiberio”. Y da más información histórica. 

      No es baladí recordar que la encarnación sitúa a Dios en nuestra historia, en un momento y un tiempo concreto. Eso significa que nuestra vida cristiana, la que se desarrolla y despliega a partir de la fe y esperanza en la salvación que Dios nos ofrece en Jesús, se vive y experimenta en lo concreto de nuestra historia. Eso significa que nuestra relación con Dios no tiene lugar fuera de esta historia sino en esta historia. 

      El Adviento nos hace bajar de las alturas, nos hace salir del silencio de nuestros cuartos y capillas, de nuestras iglesias y rituales. Nos invita a ir a la calle, a mezclarnos con el ruido de la gente, de los coches, de los vendedores, de los pobres que piden limosna y de las sirenas de la policía. El Adviento nos recuerda que ahí es donde encontramos a Dios. El primer sacramento, el más auténtico y real de todos, es la persona humana. Cualquier persona humana es signo y presencia de Dios. Cuando Dios escogió acercarse a nosotros, lo hizo asumiendo un rostro concreto, el de Jesús. Desde entonces, cualquier rostro –y quizá con más fuerza, los más sucios, los más desgarrados, los más sufrientes– es sacramento de la presencia de Dios entre nosotros. Hoy, aquí y ahora, volvemos la mirada a nuestros hermanos y hermanas y descubrimos que Jesús, el que viene, da sentido a nuestro compromiso por hacer un mundo más justo y más fraterno. 

 

Para la reflexión

      ¿Soy consciente de que mi vida cristiana se juega en la relación con mis hermanos y hermanas? ¿Veo en ellos y ellas la presencia de Dios que me llama a construir su Reino? ¿Me comportaría de otra manera si viera en su rostro a Jesús? ¿Cuáles serían las diferencias?

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