Comentario al Evangelio del

CR

La muerte es siempre dolorosa e incomprensible. Marca una separación, una distancia, que nos resulta insoportable. Se nos rompen las entrañas de puro dolor. Siempre es así. Pero la muerte de un joven es más dolorosa si cabe. Es una vida truncada sin haber conseguido sus objetivos mínimos, sin haber tenido la oportunidad de llegar a su plenitud. Podemos comprender entonces un poco el dolor de la madre. Ver morir a un hijo es duro. Más cuando éste es joven.

Jesús llega a la ciudad, ve la procesión, se acerca y se compadece. Devuelve la vida al chico y la vida a la madre. De un golpe. Ahí está toda la historia. Así es Dios. No pregunta. No pone condiciones. No le interesa saber si aquella viuda y su hijo difunto eran judíos ortodoxos, adoradores de alguna deidad extraña o vete a saber qué. El dato es irrelevante. Lo único que cuenta para Jesús es el dolor, el sufrimiento de aquella mujer. Así es Dios. Es un dato a tener en cuenta también en nuestra vida y para el funcionamiento de nuestras parroquias y comunidades cristianas. La gente lo entendió a la primera: “Dios ha visitado a su pueblo.” En la acción de Jesús vieron la mano de Dios. Dios se identificaba para aquella gente como el que curaba, el que resucitaba, el que daba la vida y la esperanza.

Luego viene la comunidad cristiana. Tratamos de seguir los pasos de Jesús. Tratamos de hacer como él hijo para ser testigos de la presencia de Dios en nuestro mundo. Nos hemos terminado convirtiendo en una comunidad muy compleja. Millones de creyentes. Cientos de lenguas y culturas diversas. Una organización complicada (parroquias, diócesis, conferencias episcopales, unidades pastorales, carismas, comunidades laicales, religiosos y religiosas, seglares, movimientos, universidades, monjes y monjas...). Todos, no hay que dudarlo, con muy buena voluntad. Pero la misma complejidad y variedad provoca que surjan los conflictos. Es inevitable. Hay diversos y abundantes servicios en la comunidad cristiana. Como dice Pablo, hay apóstoles, profetas, maestros, los que tienen el don de curar, el don de gobierno, el don de interpretar lenguas... pero todos al servicio de una única fe, de un solo objetivo: dar testimonio de la presencia de Dios en nuestro mundo, del Dios que cura, que resucita, que da vida y esperanza. Quizá, por esto mismo, termina Pablo diciendo aquello de que deberíamos aspirar a los carismas mejores.

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