Comentario al Evangelio del

CR

Queridos amigos:

Esta semana nos acompaña en la primera lectura la profecía de Ezequiel, sacerdote del Templo y primer profeta del destierro en Babilonia, a partir del año 592 a. C., en Tel Abib, junto al río Kebar. La gloria del Señor se hace visible en su profecía en un momento en el cual no es posible el culto. La ausencia de culto y templo lo sustituye Ezequiel por una pastoral en su casa. Es un sacerdote que quiere vivir en la fidelidad a la Palabra de quien ha experimentado el gozo de ser amo y la tristeza del desarraigo en su condición de esclavo en los trabajos del campo, de la artesanía, etc., en la periferia de la urbe.

La sorpresa de Ezequiel es que Dios le llama en la tierra de la opresión; allí, Dios sigue siendo el Dios del éxodo. Le llama a examinar la historia de su pueblo y llega a corregir las promesa anteriores hechas a la monarquía porque lo anunciado no se ha cumplido (34,23-24). Jamás Dios se casa con la injusticia. Dios está con la causa de los pobres, acompaña al oprimido, sigue el mismo camino de los desterrados. Su imagen de Dios es transcendente, por encima de la naturaleza, y a la vez, es el Dios cercano, de la vida, del perdón, que pacta de nuevo con el pueblo.

"Llenos están el cielo y la tierra de la Gloria del Señor" (Sal 148) , y quizá es más fácil percibir su brillo cuando la vida se sumerge en la penumbra de un futuro de dolor. El Hijo del Hombre sigue entregado a las manos de los hombres. Quien le recibe sabe de su dolor, de su poder de liberación personal en la debilidad.

La semana nos trae el testimonio martirial de algunos creyentes que, como Ezequiel, también supieron interpretar su momento y respondieron a la llamada, de modo que fueron transfigurados por la gloria de Dios. Si la gloria de Dios es la vida del hombre, en la entrega de la misma la encontraron para siempre. La obediencia a la Palabra de Jesús les llevó a recorrer el camino Pascual que hoy se propone a Pedro y a todo ser humano capaz de vivir esa libertad en medio del sufrimiento.

Nos llegan hoy los ecos de la Iglesia del siglo XX en la juventud del Seminario Claretiano mártir en Barbastro (Huesca). Los 51 misioneros mártires se alimentaron de la Palabra de Dios y murieron llevando en su recuerdo a sus hermanos claretianos "hasta las regiones de dolor y de muerte"; murieron contentos, con amor fiel, generoso y perpetuo, rogando a Dios que su sangre fuera sangre de perdón y de renovación de los misioneros.

Si te acercas a la palabra de la vida de los 51 mártires sentirás en mayor o menor medida estremecimiento. No se puede estar indiferente ante ella. Es la palabra de quienes forman parte de "los más importantes" en el Reino de los Cielos porque tuvieron corazón para arriesgarse y encontrar a quien estaba perdido, y acoger a quien, en su experiencia de perseguidor, estaba necesitado de ser acogido.

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