Comentario al Evangelio del

CR

Pasión de Dios y revelación del Misterio a los sencillos

Los celos de Dios están teniendo un protagonismo especial en la liturgia de la Palabra de este semana. Hoy, de nuevo, aparecen en boca del profeta Isaías expresiones apocalípticas, frases con una enorme carga dramática y emotiva. Ellas nos muestran cómo Dios busca al ser humano, cómo quiere que lo ame por encima de todas las cosas y cómo le pide que reconozca que es criatura, hechura de Dios: ¡todo nuestro poder es poder que procede de Dios mismo! ¡Nada es posible sin Él! Dios tiene un plan para nosotros y ese plan es dar a conocer su Alianza a todos los pueblos. Pero podemos desvirtuar esta misión y hacer de ella un instrumento nuestro de poder sobre los demás.

El orgullo de Asiria y la respuesta airada de Dios contra quienes se oponen a su Alianza son evocados por las palabras que María proclama en su Magníficat –‘derriba del trono a los poderosos…La pasión de Dios por su pueblo se plasma en el sentimiento celoso de Yahvé ante quienes se creen superiores y autosuficientes. ¡Qué fantástica forma de hablar con nosotros, desde la pura sensibilidad, desde los instintos más primarios del ser humano a través de los cuales nos reconocemos seres de carne y hueso!: Como si el bastón manejase a quien lo levanta, como si la vara alzase a quien no es leño. Por eso, el Señor de los ejércitos meterá enfermedad en su gordura y debajo del hígado le encenderá una fiebre, como incendio de fuego.-

El salmo -con profundas y estremecedoras palabras, penetradas de la experiencia de Dios-, nos invita a reconocer el poder divino frente a la insensatez del pueblo que rechaza a Dios y aun se jacta de Él; nos a invita a proclamar feliz al hombre que se deja guiar por el Señor de la Historia y ratifica Su protección al pueblo que se mantiene en fidelidad a Él.

Jesús da gracias al Padre y lo alaba porque ha revelado su Misterio porque nos ama. “El misterio de la fe” que proclamamos en cada Eucaristía supera toda lógica: es revelado no a los sabios y entendidos, sino a los sencillos. La Revelación tiene que ver con el corazón abierto, con el corazón que no pone en tela de juicio cada signo de la bondad de Dios, cada semilla de belleza que derrama en nuestro mundo, cada huella de su dolor encarnado en el dolor de tantos hombres y mujeres que sufren de cualquier manera y por diferentes causas.

Conocer el misterio de Dios en Jesús es sabernos niños en los brazos del buen padre-madre a quien reconocemos maestro y protector. La arrogancia no es buena consejera y menos la que se cree dueña de los misterios insondables del mismo Dios. Quienes comprenden el misterio del Reino no son siempre los más doctos, sino los humildes, quienes se dejan invadir por el Evangelio y la acción imprevisible del Espíritu. ¡Cuánto trabajo por hacer en este camino de la humildad del corazón! ¿Cuál es mi grado de asombro y de sorpresa a la acción del Santo Espíritu?

Pidámosle al Espíritu de Sabiduría que nos haga dóciles como niños para sorprendernos siempre ante los insondables caminos por los que penetra! 

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