Comentario al Evangelio del

CR

Queridos hermanos,

Jesús ilustra hoy con ejemplos bien concretos lo que nos dijo ayer sobre llevar la ley a plenitud. No se trata de aligerar la ley, tampoco de hacerla más estricta, detallada o pesada. Se trata, en realidad, de un cambio de espíritu. O, mejor, de pasar de un ley escrita en papiros o en libros, a una ley escrita en el corazón. Jesús es, de hecho, el hombre de corazón nuevo, de corazón de carne, en la que Dios ha escrito su ley. Cuando se actúa según este espíritu, las exigencias de la ley no suenan como una voz extraña, ajena, constrictiva, que dice (tal vez, amenaza) “tú debes”, sino que es una inspiración interna (es verdad que no siempre cómoda o fácil, pero, en todo caso, no meramente exterior) por la que nos decimos a nosotros mismos “yo debo”. Vivir desde el corazón no significa vivir desde el puro sentimiento, sino desde el hombre interior que todos llevamos dentro, desde esa dimensión que es la autenticidad. Y cuando se vive desde el corazón uno no se limita uno a “cumplir” preceptos, ni a ese mínimo moral de abstenerse del mal. Desde el corazón, el ser humano va a la raíz de la cosas, se interesa por hacer el bien, por amor del bien mismo y no de intereses más o menos subjetivos, afina su mirada y va a esos pequeños detalles (las miradas, las palabras) de los que Jesús nos hablaba ayer. La ley llevada a su perfección significa adoptar la ley del amor como norma de nuestra vida. Vivir desde el corazón significa darse del todo y sin reservas. Por eso decimos que no se trata de “cumplir” más o menos, sino de experimentar una verdadera transformación, una “metanoia”, una conversión a la persona de Jesucristo, que es para nosotros ley. No hay ley que exija tanto como el amor, que llama a darse del todo y sin reservas; pero lo hace, no desde la fría exigencia de un deber desnudo, sino desde la misericordia y la disposición al perdón, pues el amor se hace cargo también de nuestras debilidades y límites.

Y es que la conversión de la que hablamos no se da de una vez y para siempre, sino en un proceso en el que no dejamos de experimentar los embates del hombre viejo que también vive en nosotros. Una vieja fábula de los indios americanos narraba cómo un anciano le decía a su joven nieto que en cada uno de nosotros habitan en lucha permanente dos lobos, uno malvado y sanguinario, y el otro manso y bondadoso. “Y ¿cuál de los dos vence, abuelo?”, preguntaba el pequeño indio. “Aquél al que alimentas”, respondía el anciano. Para alimentar al hombre interior, en lucha con el hombre viejo, Jesús nos propone el espíritu de perdón y reconciliación. Si nos negamos a, al menos, intentarla mientras estamos de camino, nos encerraremos a nosotros mismos en la cárcel de nuestro egoísmo y soberbia. 

El bautismo es el sacramento por el que nos hemos revestido de Cristo, hemos sido liberados, nos hemos reconciliado con Dios y hemos recibido la fuerza para tratar de reconciliarnos con los demás. La lluvia que pone fin a la sequía en el libro de los Reyes bien puede entenderse como un símbolo del bautismo. Mientras el perverso rey Ajab alimenta su vientre (su hombre viejo), Elías ora, y escruta los signos de la salvación divina, representada en la lluvia. Ajab es más poderoso, tiene más medios, pero Elías avanza más y más deprisa, porque su fuerza es la fe y se deja llevar por el Espíritu.

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