Comentario al Evangelio del

Rosa Ruiz, rmi

Un corazón adornado por Dios

Recuerdo el desván de casa de mi abuela. Grande, sencillo, luminoso y medio vacío. De pequeños subíamos a jugar y muchas veces nos disfrazábamos. Siempre nos gustó esto de probarnos trapos en mi casa. Y recuerdo de manera especial las veces que nos disfrazábamos de princesas o reinas… Sólo necesitábamos unos zapatos de tacón (siempre mucho más grande que nuestro pie pequeñito), alguna camisa florida y brillante que con nuestra altura se convertía en vestido de cola y varios collares viejos a modo de diadema o corona.

Han pasado los años y me sigue viniendo esta imagen cuando leo o escucho el pasaje de Isaías de hoy, en la fiesta del Corazón de María. A Dios le encanta “disfrazarnos”, vestirnos y adornarnos con joyas, porque nos quiere muchísimo. Porque le encanta viéndonos alegres, gozosos, como cantaremos hoy en el salmo.
Y así imagino y vivo el Corazón de María. Corazón humano. Corazón que Dios fue ganándose de pura gracia en la libertad entregada de María. Un corazón traspasado y sufriente, sí, como el de Jesús con que orábamos ayer.  Pero sobre todo un Corazón adornado por Dios.

Y es que, cuando Dios adorna, no sólo embellece. Está haciéndonos ver quién somos y para qué nos ha creado. Cuando Dios adorna, nos está embelleciendo y mejorando, siendo nuestro mejor yo posible. Nos está haciendo capaces de Dios para entender (como María en el evangelio de hoy) y para contener tanta vida.
San Ireneo lo expresaba en un conocido texto que hoy creo que puede expresar muy bien la belleza del Corazón de María y la gracia de su libertad al elegir sin fisuras que Dios la adorne para siempre. No me parece un mal plan para cada uno de nosotros:

“Porque tú no hiciste a Dios, sino que él te hizo. Y si eres obra de Dios, contempla la Mano de tu Artífice, que hace todas las cosas en el tiempo oportuno, y de igual manera obrará oportunamente en cuanto a ti respecta. Pon en Sus Manos un corazón blando y moldeable, y conserva la imagen según la cual el Artista te plasmó; guarda en ti la humedad, no vaya a ser que, si te endureces, pierdas las huella de sus dedos. Conservando tu forma subirás a lo perfecto; pues el arte de Dios esconde el barro que hay en ti. Su mano plasmó tu ser, te reviste por dentro y por fuera con plata y oro puro (Ex 25,11), y tanto te adornará, que el Rey deseará tu belleza (Sal 45[44],12). Mas si, endureciéndote, rechazas su arte y te muestras ingrato a aquel que te hizo un ser humano, al hacerte ingrato a Dios pierdes al mismo tiempo el arte con que te hizo y la vida que te dio: hacer es propio de la bondad de Dios, ser hecho es propio de la naturaleza humana. Y por este motivo, si le entregas lo que es tuyo, es decir tu fe y obediencia a él, entonces recibirás de él su Arte, que te convertirá en obra perfecta de Dios” (Ireneo, Adversus Haereses IV, 39,2).

Vuestra hermana en la fe, Rosa Ruiz

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