Comentario al Evangelio del

Enrique Martínez de la Lama-Noriega, cmf

ACEPTAR EL REINO COMO UN NIÑO


 

     Ya tenemos otra vez a los discípulos protestando y regañando. Esta vez a los niños. Es curioso que ni una vez hayan recibido un toque de atención por parte de Jesús a causa de su espíritu abierto, por disculpar o acoger a alguien de modo poco oportuno o prudente, por mostrarse excesivamente comprensivos. No. Se les da mejor pedir que caiga fuego del cielo para los que no les reciben, se les da mejor pretender que Jesús prohíba a uno que «no es de los nuestros» que haga exorcismos por no ser de nuestro grupo, o como en la escena de hoy, despachar a los niños.

     Jesús está subiendo a Jerusalem, no hay que olvidarlo, y esta escena del Evangelio hay que encuadrarla ahí para entenderla. De los que son como ellos es el Reino. Jesús no idealiza a los niños. De hecho, ya se refirió  en otra ocasión a unos niños maleducados que juegan en la plaza y quieren ahora una cosa y luego otra, y se muestran impacientes y testarudos (Lc 7, 23). 

      Los niños aparecen como el contrapunto de los que van a condenarle, los que le rechazan a él y su Reino,  que podríamos llamarlos «viejos», en el peor sentido de la palabra. 

Escribió Romano Guardini:

El pueblo judío, los fariseos y doctores de la ley, los sacerdotes y los sumos sacerdotes, ¡qué adultos son!  Si les observamos de cerca, tropezamos con todo su endurecimiento y perversión, con toda la herencia del pecado. ¡Que viejos son!  Su recuerdo abraza más de dos mil años, se extiende hasta Abraham.  Es una conciencia histórica poco corriente en otros pueblos. La sabiduría les viene de Dios y de una larga experiencia humana. Son clarividentes, inteligentes y correctos. Examinan, sopesan, distinguen, reflexionan y, a la llegada del Mesías -con la cual se cumple la profecía y su larga historia llega a su plenitud-, se atienen obstinadamente a lo pasado, se agarran a sus tradiciones humanas, se parapetan tras el templo y la ley; son astutos, duros, ciegos, y la hora de Dios pasa.  El enviado de Dios muere por mano de aquellos que guardan la ley de Dios, en tanto que el judaísmo queda encerrado en la espera de Aquel que ya ha venido.

(ROMANO GUARDINI, El Señor I)

     Los niños no son así. Y sólo quienes son como ellos, pueden acoger/recibir el Reino. Los «viejos» tienen la mentalidad de que el Reino hay que ganárselo, hay que merecerlo, tener méritos. Jesús, que va experimentando ya el rechazo a la Buena Noticia del Reino, va dándole vueltas a que el Reino es algo que su Padre ofrece y regala, es un don que él da a los pobres, a los humildes, a los que nada cuentan (como los niños en aquella sociedad judía)... El niño recibe todo porque nada puede por sí mismo, es la extrema fragilidad y dependencia, y lo que más les define es su necesidad absoluta de sus padres. También Jesús es como los niños: necesita continuamente la cercanía, la ternura y el cuidado de su Padre para salir adelante en su vida.

     Su condición filial, su confianza absoluta en que el Padre sólo quiere su bien, el saberse acompañado y siempre en las manos del Padre le van a dar la fuerza interior que necesita para enfrentarse al desconcierto, el desprecio, el rechazo y la condena de los que no son como ellos. 

     Jesús se siente a sí mismo como un niño: abierto a recibir del Padre el reino tal como él quiera dárselo, dispuesto a dejarse guiar por él, como haciendo suyo el Salmo 131 (130): «no pretendo grandezas que superan mi capacidad; sino que acallo y modero mis deseos,  como un niño en brazos de su madre». O de su padre, que tanto da.

     Y ruega, exige, que nadie impida se acercan a él libremente los niños, los ciegos, leprosos, los publicanos, los pecadores en general, los que no son buenos, los que no cumplen, los enfermos... porque para ellos ha venido, porque son los únicos que lo necesitan, porque el Padre prefiere y cuida especialmente de todos ellos. Como también cuidará de él mismo cuando se vea absolutamente débil y solo en lo alto de un madero.  Dichosos los que tienen el corazón de niño... porque Dios los acoge, cuida y ama como Padre.

Enrique Martínez de la Lama-Noriega, cmf 

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