Comentario al Evangelio del

Enrique Martínez de la Lama-Noriega, cmf

LA DIFÍCIL FIDELIDAD EN EL AMOR


 

     Tenemos un Dios enamorado y amante del hombre. Fue a poner su mirada, su corazón, y sus preferencias en un pueblo esclavizado y miserable, para mostrar a todos de qué es capaz el amor, especialmente su amor. Un amor incondicional, comprometido, liberador, creativo, siempre fiel.  Pero el amante escogido -el pueblo- no le ha correspondido, a menudo le ha traicionado, le ha herido, se ha buscado otros amantes, y le ha olvidado... 

Cuando ha ocurrido todo esto, Dios le ha echado imaginación y ganas, y en vez de renunciar o abandonar para siempre a su amor, insiste tercamente en volver a enamorarlo, en quedarse con él a solas, intentando que se renueve el amor primero. Y cuando ni por ésas, decidió venir personalmente a restaurar, o mejor, a ofrecer un nuevo pacto/Alianza/compromiso de amor por medio de su propio Hijo.

     Dios quiso que ese amor suyo (la Alianza: vosotros seréis para siempre mi pueblo) incondicional, permanente, apasionado... fuera simbolizado y reflejado por el matrimonio (alianza matrimonial). Quiso que los hombres nos amemos como él nos amó, nos ama y nos amará... 

     Pero el corazón del hombre es duro, frágil, cambiable, pecador... y el proyecto primero de que hombre y mujer formasen una comunión de amor y entrega permanentes (ser una sola carne, un solo ser: Génesis 2,24), fracasaba con cierta frecuencia. Moisés tuvo que ser tener en cuenta esta situación, y dar algunas normas para cuando la convivencia se hacía difícil, o más bien imposible (Dt 24, 1-4).

     Lo legislado por Moisés era muy general, y las situaciones posibles y motivos para que a uno no le gustara su mujer y pudiera despedirla, necesitaron leyes más concretas.  Aquí surgieron distintas corrientes de opinión y diversas escuelas.  Este contexto nos ayuda a comprender cuando un grupo de fariseos, tratando de poner en aprietos a Jesús, y forzándole para que tomara postura en tema tan controvertido, le plantean un dilema, para ver si es fiel a la Ley de Moisés y sus interpretaciones más restrictivas, o si se inclina por tener «manga ancha» y se inclina por abrir las puertas a los mil motivos que algunos aducían para facilitar el divorcio.

     A la hora de responderles, Jesús no acepta entrar en discusiones ni planteamientos legales, de escuelas o corrientes de opinión. Y se remonta al proyecto creador de Dios, para luego indicar las razones por las que este proyecto se ha hecho imposible: La dureza de corazón. Cuando en el corazón se instalan otras opciones que no son el amor, la entrega, el perdón, el sacrificio, el esfuerzo por crear la comunión cada día... el proyecto, la voluntad de Dios se hace imposible. Cuando el egoísmo, el individualismo, la rutina, la falta de detalles y de diálogo, las ventajas personales y tantas otras... se enseñorean de uno... se hace incapaz de amar: a su pareja y a cualquier otro, incluido Dios. 

      Jesús mantiene y recuerda el ideal de Dios. ¿Entonces, acaso Jesús se inclina por la intransigencia y la dureza, proponiendo mantener el amor a toda costa, cuando éste ya resulta imposible? ¿Dónde quedaría entonces su misericordia, su comprensión, su acogida de los que sufren? La respuesta de Jesús vendría a defender a la parte más débil: la mujer (generalmente era el varón el que repudiaba a la mujer, dejándola abandonada a su suerte).

     Pero Jesús no pide prolongar una relación puramente exterior, o mantener en pie una fidelidad que puede resultar como un yugo al cuello, vacía de contenido y de alegría, que no hace al hombre y a la mujer felices. En cambio, sí que exige un compromiso, el cual sólo apoyándose en Dios, encontrará la luz y la fuerza para superar las dificultades, para soldar roturas, para retomar la frescura y el gozo de la entrega, para reinventar el futuro.  

     Jesús afirma que es posible ese pacto y ese amor... a imagen y semejanza del que tiene su Padre por nosotros. Pero, como dirá en otro lugar, sin mí no podéis hacer nada. Sólo con las fuerzas humanas es muy difícil la fidelidad y la entrega mutua «todos los días de mi vida». Precisamente aquí está la clave de todo: cuando no hay experiencia de Dios, cuando Dios no está presente de hecho en la vida personal y en la vida de la pareja (y no sólo en la ceremonia de la boda) no es probable que el matrimonio salga adelante. Ser una sola carne es un trabajo diario, y requiere medios muy concretos...

     Por eso, y sin renunciar al proyecto de fidelidad indisoluble del sacramento del matrimonio,  es probable que haya que hacer como Moisés (que sabía muy bien el proyecto matrimonial de Dios), de modo que se puedan encontrar soluciones (siempre dolorosas) para no asfixiar a las personas bajo el peso del error o del pecado, para ayudar a curar esa dureza de corazón que puede traer tantos sufrimientos, para que el fracaso tenga alguna salida...

(Dibujo del Fr. Félix Hernández Mariano, op)

Enrique Martínez de la Lama-Noriega, cmf 
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