Comentario al Evangelio del

Aristóbulo Llorente cmf

 

      Cuando nos ponemos en la presencia de Dios, parece que es inevitable que nos surjan del corazón y de la boca montones de peticiones. Tenemos muchos problemas. Hay mucha gente a la que queremos que sufre, que pasa por pruebas, que está enferma, que están sin trabajo, que tiene un examen o un trabajo que presentar o... Y Dios es, por definición, todopoderoso. Es grande, inmenso. Es creador de este mundo. Y dice que nos ama. ¿Cómo no presentarle humildemente nuestras necesidades y ponerlas en sus manos? 

      Esto que pensamos naturalmente se confirma cuando leemos evangelios como el de este día: “Si pedís algo al Padre en mi nombre, os lo dará. Hasta ahora no habéis pedido nada en mi nombre; pedid, y recibiréis.” Parece que el mismo Jesús nos anima a ponerle como intermediario. Nosotros se lo pedimos a Jesús, Jesús se lo pide a su Padre y, ¡zas! Cómo no vamos a conseguir esos pequeños dones que nos harían la vida más feliz y cómoda y tranquila. Claro que puestos a pedir, ¿por qué no pedir que nos toque la lotería o que nos aumenten el sueldo? 

      Cuando pienso en estas cosas, me da la impresión de que el mal que más nos ataca es el de la cortedad de vista, la miopía. Parece que todos estamos aquejados de la enfermedad de no ver más allá de nuestra nariz. Terminamos convirtiendo la oración en un “yo”, “yo y los míos”, “yo y mis angustias”. 

      Tenemos que ponernos en la perspectiva del reino del que habló Jesús. No sólo habló de él. También nos invitó a participar activamente en su construcción. Con Jesús en medio de nosotros, la fraternidad, la justicia, el amor mutuo, son responsabilidad de todos y cada uno de nosotros. No somos destinatarios pasivos de una medicina, la religión, que nos hace felices. Jesús nos invita a dar un paso al frente y convertirnos en responsables activos, con él y en él, de construir un mundo mejor, más humano, más hermano, más justo, donde nadie quede excluido. 

      Es muy fácil que, puestos en esa perspectiva, nuestra oración cambie. Y dejemos de pensar en lo que tiene que hacer Dios para solucionar nuestros problemas y comencemos a pensar en lo que tenemos que hacer para construir el reino. En esa oración descubriremos, ¡seguro!, la fuerza y la gracia de Dios que nos anima e inspira en cada momento del día. Por decir algo concreto: no basta con pedir la curación de mi hermano, tan importante o más es acompañarlo, estar con él, quererlo. Y de esa manera, la enfermedad que forma parte inevitable de la vida, se hace más llevadera, más humana, más compartida.

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