Comentario al Evangelio del

Aristóbulo Llorente cmf

 

      El Evangelio de hoy sigue hablando de la alegría y nosotros no podemos hacer menos cuando pretendemos meditarlo y aplicarlo a nuestra vida. El hecho de que un tema se repita dos días seguidos quizá nos habla de su importancia. Parece ser que la alegría no es una actitud menor o despreciable en la vida cristiana sino un elemento constitutivo y esencial. 

      Estad alegres aunque paséis por momentos de tristeza y dolor, nos viene a decir Jesús. Porque –tenemos que ser realistas– la vida del cristiano, la vida en general, no es siempre una sucesión de momentos de gozo y alegría. En la vida hay enfermedades, separaciones, muertes, conflictos, dificultades, trabajos penosos... Hay también momentos de rutina, de hacer lo mismo, de aburrimiento. Todo eso forma parte de la vida humana y, por ende, de la vida del cristiano. No hay razón para ocultarlo. Y Jesús, sin duda, era muy consciente de ello.

      Hasta lo podemos ver reflejado en la primera lectura. En ese año y medio que pasó Pablo enseñando la Palabra en Corinto, tuvo que haber de todo. Momentos buenos y momentos regulares. De hecho, a lo largo del año se fue gestando un conflicto que terminó en la queja de los judíos ante el proconsul Galión. El asunto terminó en nada porque Galión lo desestimó. Pero habría que preguntarle a Sostenes, el jefe de la sinagoga y amigo de Pablo y del nuevo grupo, que recibió gratis una paliza sin que la policía se preocupara. No estaría muy alegre con la paliza.

      Tendríamos que aprender a diferenciar entre la alegría profunda del que sabe que está donde debe estar, que hace lo que debe a pesar de que eso signifique esfuerzo, trabajo y pasar por los dolores y conflictos normales de la vida. La alegría que tiene que vivir el cristiano no le exime de pasar por las condiciones normales de la vida por las que tiene que pasar cualquier persona. 

      ¿De dónde le viene al cristiano esa alegría? De levantar la vista al horizonte con esperanza. El cristiano sabe, por su fe, que esta vida está preñada de la Vida que se nos ha regalado en Jesús. El amor del Padre ha producido el milagro de alumbrar en nosotros la esperanza que nos da fuerza y valor y coraje para hacer este camino de la vida con esa alegría profunda en nuestro corazón. Las dificultades no nos abaten. La muerte no nos hunde. Y tenemos fuerzas para abordar los conflictos mediante el amor, la comprensión, el perdón y la reconciliación. Porque el amor de Dios es el centro de nuestra vida.

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