Comentario al Evangelio del

Aristóbulo Llorente cmf

 

      La vida no va a ser fácil para los que quieran seguir a Jesús. Parece que eso es lo que dice insinúa el evangelio de este día. Sí, Jesús dice que va a venir el Espíritu sobre los discípulos. Es el Espíritu de la verdad, es el Consolador, es el Defensor. Pero el mundo prefiere vivir en la mentira, en la oscuridad y en confusión. Por eso, los discípulos de Jesús, cuando den testimonio de la verdad, del mensaje de Jesús, pueden ser perseguidos. Pueden ser expulsados de la sinagoga (eso sucedió realmente). Y hasta puede llegar a darse el caso de que al condenarlos a muerte, lleguen a pensar que están haciendo un servicio a Dios. 

      Vamos a ser realistas. Es verdad que hay algunos lugares en el mundo donde la iglesia es perseguida. Es cierto que en algunos casos se llega al asesinato. Pero también es cierto que en la mayoría de los países, la iglesia goza de una gran libertad, de una gran independencia para cumplir con su misión. 

      Quizá tendríamos que pensar que a veces, muchas veces, las ataduras, lo que nos impide dar testimonio de Jesús y de su buena nueva, no viene de fuera sino de dentro de la comunidad cristiana. Pongamos un ejemplo sencillo pensando en muchas de las misas dominicales en nuestras parroquias. Imaginemos que por error o despiste entra en la iglesia, durante la celebración, una persona que no conoce ni a Jesús ni a la Iglesia. ¿Identificará lo que ve con una comunidad, con una familia, que ora unida en un mismo sentir, que celebra unida, que da gracias con una sola voz?

      Es posible que actualmente la primera misión evangelizadora sea hacia dentro de la Iglesia. Nunca ha tenido la comunidad cristiana tantos medios como hoy en día. Pero da la impresión de que fallan, fallamos, las personas. Se diría que no estamos totalmente convencidos de lo que decimos creer. Nuestra celebraciones son, a veces, frías como el hielo. Hasta la posición de los fieles, diseminados por los bancos, habla muy poco de comunidad, de fraternidad. Los que ven nuestras celebraciones difícilmente se harán una idea, al vernos, de lo que es y significa el reino de Dios que proclamó Jesús. 

      Nos hace falta abrir el corazón a ese Espíritu que nos haga fuertes, que nos convenza de la verdad del Evangelio para que nuestra vida lo proclame en todo momento.  

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