Comentario al Evangelio del

Pepe Lillo, cmf

“A toda la tierra alcanza su pregón.”

Fiesta de los apóstoles Felipe y Santiago.

Estamos en tiempo de Pascua,  tiempo de hechos apostólicos, tiempo de anuncio y confesión de la fe. En la primera lectura recogemos precisamente el testimonio de este primer anuncio que Pablo hace a la comunidad de Corinto y que recitamos cada domingo y fiesta de guardar en el Credo de nuestras misas
“…fue crucificado, muerto y sepultado; descendió a los infiernos; al tercer día resucitó de entre los muertos…” Esta afirmación sobre la persona de Jesús, el Cristo, es la esencia de la fe de quienes nos decimos cristianos; lo subrayamos y corroboramos con los textos de las apariciones que proclamamos de manera particular durante este tiempo de Pascua y que Pablo nos recuerda en la lectura de hoy.

Confesar la fe en Cristo resucitado es una opción radical que marca un antes y un después en la comprensión de sentido de la persona. Si soy coherente con lo que mis labios afirman, entonces los planteamientos de vida, los criterios éticos y morales, deben traducirse en aquellas obras cotidianas que dan validez a lo que los labios afirman; y la persona de Jesús en toda su dimensión humana y divina se constituye en programa de crecimiento personal: “yo soy el camino, la verdad y la vida…”.

Este sentido de recorrido, de peregrinación interior de la mano de Jesús, de tránsito por las veredas de ésta nuestra vida y la del Maestro, que arrancan en la decisión de ponerse en marcha e iniciar una andadura hacia la consecución de la Verdad y la Vida plena en Cristo: constituye todo un proyecto de santificación como nos propone Francisco en su nueva exhortación, pero además es la única manera de entender la confesión de fe que pronunciamos, porque “de lo contrario se ha malogrado vuestra (nuestra) adhesión a la fe” y las palabras perdieron su significado y se hacen incoherentes con la vida misma. Nadie malogra el tiempo de su vida por afirmaciones en las que dejó de creer, de no ser que se convierta a sí mismo en su propia ficción.

¡Santiago y Felipe, ayudadnos a proclamar  -con autenticidad- a toda la tierra su pregón.

Que tengáis buen día:
Pepe Lillo cmf.

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