Comentario al Evangelio del

Enrique Martínez de la Lama-Noriega, cmf

IMPREVISTA CONVERSIÓN. 

TODOS PUEDEN SER DISCÍPULOS


 

    Qué sugerente y emocionante me resulta este pasaje de los Hechos. Su autor sigue describiéndonos la expansión del Evangelio por zonas cada vez más alejadas (periferias, que diría hoy nuestro Papa) del judaísmo oficial, en manos de aquellos «heterodoxos» diáconos que tuvieron que salir huyendo del «centro», tras la muerte de Esteban. 

     El «ángel del Señor» quiere ir llevando a su Iglesia hacia el Sur, ese que también existe (JM Serrat), y Felipe, que ya se había movido por Samaría, va a ser el encargado de tal tarea. No parece una estrategia evangelizadora muy apropiada tomar el camino del desierto: ¿qué se puede encontrar por ahí? No cayó en la tentación de la eficacia o de los números, que a nosotros tanto nos puede. Ni le va a parecer una pérdida de tiempo entretenerse con un personaje tan particular, difícil y poco interesante a muchos ojos.

    El Diácono Felipe se «tropieza» con un etíope (un africano). Se trataba de un «prosélito», a veces también llamados «temerosos de Dios». Se refiere a los que se sentían atraídos por el judaísmo, pero que no estaban totalmente integrados o considerados como el resto. En el judaísmo había «niveles de pertenencia», por decirlo de algún modo, y personajes como éste, por más que fueran de alta alcurnia, eran de «segunda clase». En este caso, por dos razones: por ser extranjero y por ser eunuco (=impuro, excluido del acceso al Templo ).

    Sin embargo, -qué estupendo descubrir esto ya en la Iglesia primitiva-, Felipe no se hace problema de ello. En las comunidades cristianas helenistas no había diferencias (aunque esto será motivo de conflicto entre Pablo y algunos miembros de la comunidad de Jerusalem, que sí pretendían establecer esas diferencias, al estilo judío): ni de raza, ni de impureza, ni de condición social... El Evangelio era para todos. 

    Y Felipe no regatea esfuerzos. Se acerca, se monta en la carroza, se sienta con el eunuco y entra en conversación con él. El etíope va leyendo las Escrituras (no cualquiera disponía de ellas, y no cualquiera sabía leer). Pero no las entendía. Como les ocurre a tantos hermanos nuestros para quienes el Antiguo Testamento (o buena parte de él) es una especie de galimatías y no encuentran «guías». Y parecido podría decir del Nuevo Testamento.

    Pero se ve que nuestro diácono sí que tiene formación escriturística, pero no le suelta ningún discurso, ni discute. Como había hecho Jesús con los dos de Emaús, le deja que hable, que formule sus dudas, le escucha, mientras siguen juntos el viaje... 

    Y luego, partiendo de lo que ha escuchado, le va anunciando el Evangelio de Jesús. El punto de llegada será que decide bautizarse: «¿Qué dificultad hay en que me bautice?». Ninguna. Y así ocurre.

    Todo un ejemplo de catequesis, todo un ejemplo de «guía» espiritual, de acompañamiento en la fe, todo un modelo de evangelización, todo un modelo de hacer Iglesia.

     Felipe tiene ocasión de experimentar personalmente aquello que estaba escrito en los profetas, y que Jesús retoma en el Evangelio de hoy: Serán todos discípulos de Dios. Todo el que viene a él, todo el que escucha y aprende de él, todo el que come el Pan vivo bajado del cielo será discípulo. Esta es la definición de discípulo. Vale para Felipe, y vale para el ministro de la reina Candaces, que viajaba con la Escritura en la mano. 

     Cuesta entender que el paso del tiempo acabara reservando el nombre de «discípulo» y la responsabilidad de evangelizar a un grupo reducido del Pueblo cristiano. Ojalá que todo cristiano tuviera el empuje misionero, el conocimiento de la Biblia y la preparación teológica de Felipe. El Concilio Vaticano II quiso recuperar y potenciar la vocación apostólica de todo bautizado, de todo el que ha recibido el Espíritu de Pentecostés, así como darle el lugar que corresponde a la Palabra de Dios en la espiritualidad cristiana y en la Liturgia. Pero aún queda mucho por hacer. 

    Que Felipe nos guíe y acompañe. Que se multipliquen en la Iglesia los «guías»/acompañantes que tantos necesitan y buscan, y que todos los que tienen inquietud (los que el Padre atrae) encuentren su sitio entre nosotros, sea cual sea su condición, situación y origen.

Enrique Martínez de la Lama-Noriega, cmf 

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