Comentario al Evangelio del

Enrique Martínez de la Lama-Noriega, cmf

CRECER EN LAS DIFICULTADES


 

 

   Los Hechos nos relatan la primera persecución contra la Iglesia. No nos indican una causa especial para que la persigan, pero resulta significativo que los que salen huyendo son «todos menos los apóstoles». Tendremos que interpretar que los perseguidos fueron sobre todo los compañeros de Esteban, los que tenían más inquietud misionera, los que habían hecho la adaptación de la Buena Nueva de Jesús a la cultura helenista.

Se nombra expresamente a uno de ellos, uno de los Siete Diáconos: Felipe. 

    El autor de Hechos intentó «disimular» el conflicto dentro de la Comunidad entre este sector helenista y el grupo de los apóstoles, «reduciéndolo» a un problema de atención a las viudas helenistas (Hech 6). Parece que fue bastante más que eso, porque seguidamente aparecen predicando y difundiendo la Palabra de Dios... si el problema era la atención a las viudas.... «Algo más harían» para que fueran objeto de la primera persecución (algo además de ocuparse de la comida de las viudas). Esteban había sido la primera víctima.

    Los discípulos, por su parte, debían estar convencidos de que podrían resolver los problemas planteados con la religión judía fuera y dentro de la comunidad. Se toman más tiempo, seguramente quieren ser «prudentes» y tomar las decisiones con más calma. Les cuesta asumir las «adaptaciones» y «libertades» que se ha tomado el sector helenista (y que han llevado a Esteban a sufrir el martirio), y por lo tanto romper definitivamente con las tradiciones judías que los helenistas creían que encorsetaban el Evangelio y excluían a muchos para que lo aceptaran. A Pedro y al resto de los apóstoles les costará bastante asumir estos cambios, pero terminarán por aceptarlo, porque no se puede ir en contra del Espíritu Santo, como justificará más adelante este mismo Saulo que ahora persigue a este sector «heterodoxo», y que tiene como centro geográfico de referencia las ciudades de Damasco y Antioquía.

    Precisamente las dificultades en que se vio la primera Iglesia serán el origen de la expansión misionera y de la universalidad del Evangelio. Todo ello nos invita a mirar con esperanza las dificultades que, en cada tiempo y también hoy, afectan a la Iglesia. Pueden y deben ser ocasiones de purificación, de profundización en la teología, de ser creativos y decididos en la pastoral. Hoy, como entonces, hace falta escuchar las voces de los que piden cambios a fondo, de los que están más metidos en la realidad pastoral, en las periferias... 

Seguramente, hoy como entonces, los que viven en «Jerusalem» vayan más despacio y les cueste decidir.

   Pero el duelo causado por las dificultades y persecuciones, al final, eso esperamos, llenarán «la ciudad» de alegría. El grano de trigo que es la Iglesia tendrá que morir muchas veces para que sea posible que aparezca el trigo y el pan que los hombres necesitan como alimento. Estamos, pues, ante una llamada a la esperanza, al discernimiento y a la purificación.

 

          En el Evangelio encontramos una queja de Jesús, que nos hace recordar el final del mismo, cuando Tomás necesita ver para creer. Aquí hay quienes han visto (y oído) y no creen, es decir, no acogen a Jesús como revelación del Padre. «Verle» y «creer», empezar a vivir como él, convertirse en discípulo significa tener vida eterna. Ya, ahora; y ser resucitado después, en «el último día», que para el Evangelio de Juan es el día de la Pascua, y el día final de nuestra historia. 

         Jesús no quiere «echar fuera» a nadie. Está aludiendo a la expulsión de Adán del paraíso, cuando  dejó de estar a su alcance el «Árbol de la Vida» y Adán y Eva fueron echados fuera. La cruz será el nuevo Árbol de la Vida del que hay que comer/alimentarse para que «no se pierda nadie», ésta es la voluntad del Padre, una salvación universal. 

        Dicen los especialistas que la expresión «Yo soy el pan de vida» se refiere simultáneamente a la revelación de Jesús (el «Yo Soy» de la zarza ardiente: se conoce quién es Dios «mirando» a Jesucristo) y a la consiguiente respuesta de fe («creer en él»), y también al cuerpo eucarístico de Jesús que hay que comer. 

       Ojala que Jesús no tenga que quejarse de nosotros porque vemos y no creemos. La voluntad del Padre es que nadie se pierda, sí, pero no nos puede salvar si nos empeñamos en ser «ciegos» culpablemente, porque no queremos alimentarnos de él, creer en él, hacer nuestro su estilo de vida.

Enrique Martínez de la Lama-Noriega, cmf 
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