Comentario al Evangelio del

José M. Vegas cmf

Nacidos del agua y del Espíritu

Tras la Octava de Pascua, que es como un gran día pascual, en el que contemplamos los encuentros del Resucitado con los discípulos (y así comprendemos lo que significa para nosotros mismos el encuentro con Cristo Resucitado), el tiempo pascual nos va enseñando los lugares en los que es posible encontrar al Señor. En esta segunda semana de Pascua la Palabra de Dios empieza iluminando para nosotros el significado del bautismo. Lo hace por medio de la conversación de Jesús con Nicodemo. El bautismo no es sólo ni simplemente un rito iniciático, un mero símbolo que sanciona una pertenencia religiosa. Es verdad que por el bautismo nos incorporamos a la comunidad eclesial, el lugar en el que es posible ver al Señor Resucitado, como nos ha recordado el Evangelio del segundo Domingo de Pascua. Pero en esta incorporación acontece una transformación radical, que la conversación de Jesús con Nicodemo nos ayuda a descubrir. El bautismo significa nacer de nuevo, es pasar a una nueva forma de existencia, que tiene lugar por la participación en la muerte y la resurrección de Jesucristo. Es decir, por el bautismo nos convertimos en nuevas criaturas, habitantes del “primer día de la semana”, día de la nueva creación, porque la resurrección está ya operando en nosotros. A veces nos parece que, para nosotros, la resurrección es cosa sólo futura, que acontecerá sólo después de la muerte: eso que llamamos “ir al cielo”. Pero, como dice Jesús, al cielo sube sólo el que ha bajado del cielo, es decir, el que ha venido de Dios. Y es Cristo, el que, al bajar, nos ha traído el cielo, la presencia de Dios. Jesús, con su encarnación y muerte, ha descendido, pero con su resurrección, ha ascendido y ha hecho presente ya el cielo en la tierra.

Al participar de ese misterio por medio del bautismo del agua y el Espíritu, en medio de las circunstancias de este mundo, de dificultades y sufrimientos, estamos ya gozando de la existencia “en el cielo”, que no es sino la existencia en Cristo, muerto y resucitado.

En qué consiste esa existencia nos lo aclara muy bien el texto de los Hechos de los Apóstoles: vivimos (tratamos de vivir) unánimes, con un solo corazón y una sola alma, como verdaderos hermanos, compartiendo nuestros bienes, ayudándonos unos a otros, pero no encerrados dentro de nosotros, sino abiertos a todos, dando testimonio de la resurrección del Señor con mucho valor.

Saludos cordiales,

José M. Vegas cmf

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