Comentario al Evangelio del

Adrián de Prado Postigo, cmf

Queridos hermanos:

Hoy es Lunes Santo. Un día «santo» porque en él se trasluce el misterio último de la libertad de Dios. No se trata de una libertad cualquiera: es la libertad de un Dios que se ha comprometido hasta el fondo con la salvación del ser humano.

En las palabras del profeta Isaías, vemos a Dios Padre entregando a su Hijo al mundo como justicia, alianza y luz. Jesucristo es a la vez el Hijo y el Enviado. Como Hijo, es el elegido de Dios, aquel a quien Dios ha llamado, ha cogido de la mano, ha infundido su espíritu, ha sostenido por los siglos. Sin embargo, como Enviado, habrá de transitar los caminos de la paciencia, la humildad, el abajamiento, el desprecio y la muerte. No se pueden disociar las dos caras del misterio: Jesús es Hijo amado siendo Siervo sufriente y es Siervo sufriente porque es Hijo amado. Y... Dios es consciente de ello. Es consciente de que, en el gesto de enviarnos a su Hijo, nos está dando la posibilidad de vivir en plenitud, pero sabe también que Jesucristo habrá de convertirse en siervo para llevar a término su oferta de salvación. Así pues, la cruz no forma parte de la voluntad del Padre, pero, una vez que aparece en el horizonte, Dios la asume con generosidad, porque no quiere dar un paso atrás en su libre decisión de amarnos, aunque ello implique adentrarse en las tinieblas.

Estas dos caras del misterio de Cristo, que hunden sus raíces en la libertad amorosa del Padre, tienen también su reflejo en el fragmento del evangelio de Juan que hoy escuchamos. En un ambiente cargado de presagios de muerte, Jesús actúa con la libertad de Dios, asumiendo que su condición de Hijo amado le llevará a tomar la condición de Esclavo sufriente. Cuando María, la hermana de Lázaro, mira a Jesús, ve al Hijo; cuando lo mira Judas, ve al Esclavo. Por eso ella no duda en derramar sobre sus pies un ungüento carísimo, tan valioso y tan sobreabundante como el amor que Dios nos tiene a nosotros en su Hijo. Por su parte, Judas trata de aminorar el mérito de Jesús, reduciéndolo a la indignidad de quien no merece ser embalsamado ni siquiera después de muerto. María y Judas no discuten por los pobres sino por Cristo: con su gesto desproporcionado, ella recibe a Jesús como la gran riqueza de su vida –Él es su salvación– mientras que Judas lo desprecia como la gran decepción de su historia –Él es su perdición–.

Dejemos hoy que la libertad de Dios llegue hasta nosotros en todo su misterio, que Dios nos diga a cada uno: «Mirad a mi siervo, a quien sostengo». Y al mirarlo, ¿se llenará nuestra casa de la fragancia del perfume o del frío metal de las treinta monedas?

Fraternalmente:
Adrián de Prado Postigo, cmf.

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