Comentario al Evangelio del

Severiano Blanco, misionero claretiano

Queridos hermanos:

Sucedió hace pocos años. Al concluir la ceremonia de ordenación de cinco nuevos presbíteros, cada uno de ellos ofreció con gran sencillez su testimonio vocacional a los presentes. Ya fuera de la iglesia, uno de estos comentó a alguien de su confianza: “he percibido que todos estos neopresbíteros tienen una inconfundible vocación laical”. Por lo visto, todos habían hablado de su disposición a servir a los pobres, a luchar por la justicia, a dejarse la piel por ayudar a sus hermanos a llevar una vida digna; pero ninguno a impulsarlos en su vida de fe y en sus motivaciones cristianas

Todo aquello es indiscutiblemente bueno, muy en sintonía con el evangélico. Lo discutible (o quizá ni admita discusión) es que se trate de algo específicamente sacerdotal; o incluso que sea algo específicamente cristiano, y menos aún exclusivamente cristiano. Pocas semanas después de acceder a su sede de Roma, el papa Francisco nos advirtió que la Iglesia no es una ONG. Y no parece que haya sido una advertencia superflua.

Sin embargo, tanto el mensaje profético como el de Jesús están llenos de llamadas a aliviar las carencias de hambrientos, sedientos, marginados, oprimidos… todo eso que Francisco designa como el mundo del descarte o de lo sobrante. A primera vista pudiera chocar con estas llamadas evangélicas la imagen de Jesús y los suyos renunciando al ayuno devocional, en contraste con grupos judíos ascetas y, al parecer, más piadosos. Jesús fue tenido incluso por “comilón y borracho, amigo de publicanos y pecadores” (Mt 11,19).

Es indiscutible que, aunque la acción de la Iglesia no pueda reducirse a lo social, lleva consigo una componente social ineludible, que en cristiano se llama caridad, compasión, y también compromiso de la fe. No es admisible la oración de evasión ni el culto descomprometido o adormecedor de conciencias.
El problema del hambre o de la opresión existe a nuestro alrededor. Y las comidas amistosas de Jesús son el signo y la anticipación de un mundo en que no quede espacio para la desigualdad y carestía lacerantes. Pero las calamidades del mundo presente no pueden hacer que el evangelio deje de ser buna noticia. Alguna vez me he preguntado si ciertas predicaciones de Navidad o de otros momentos gozosos del misterio cristiano, al acentuar la miseria existente y la urgencia de remediarla, no han convertido a los sacerdotes en aguafiestas en vez de heraldos de la buena noticia. ¡Qué excelente equilibrio el de Jesús! Elogia la generosidad de la viejecita que se despoja hasta de lo necesario (Mc 12,41-43), y al mismo tiempo disfruta con los suyos de los bienes de la creación.

Según el Vaticano II, “Cristo manifiesta al hombre qué es el hombre” (Gaudium et Spes 22); por eso Pablo VI se presentó en la ONU sencilla y humildemente como “experto en humanidad”. La solidaridad y el compromiso por la justicia no son patrimonio del cristianismo. Pero los cristianos, adoctrinados por Jesús, son portadores de una nueva motivación y prestan un nuevo estímulo a toda la humanidad, con la que están dispuestos a colaborar.  Tengamos los ojos fijos en Jesús, escuchemos la palabra de los profetas, y seremos los mejores constructores de una sociedad feliz. 

Vuestro hermano
Severiano Blanco cmf  

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