Comentario al Evangelio del

Severiano Blanco, cmf

Queridos Hermanos:

Gran parte del ministerio de Jesús se desarrolló en torno al lago de Genesaret, y sus navegaciones con los discípulos a través del mismo debieron de ser frecuentes. En ellas es normal que no hayan faltado momentos de viento adverso y avance dificultoso. Pero la narración evangélica de hoy no quiere que nos detengamos en algo tan anodino. La Iglesia primitiva contempló los episodios de la vida de Jesús en profundidad, buscó su significado y acabó componiendo sobre ellos verdaderos tratados teológicos.

Para exprimir la enseñanza encerrada en los mismos tuvo dos recursos principales: la fuerza transfigurante de las experiencias pascuales y numerosos pasajes del AT, su principal, casi único, “libro de teología”. Probablemente el primer encuentro de Pedro con el Resucitado tuvo lugar durante una faena pesquera en el mar de Galilea. Pedro, con la duda y temor de si sería un fantasma, se echó al agua al encuentro de Jesús (Jn 21,8), y experimento la propia debilidad, comenzó a hundirse (cf. reminiscencia en Mt 14,30). La gloria del Resucitado suscita inevitablemente la admiración: “¿Quién es este?”. Ese acontecimiento pascual, cuyos contornos se nos escapan, sirvió para colorear antiguas travesías del lago, quizá muy normales, en compañía del Maestro pescador de hombres.

Volvamos a la travesía que hoy se nos narra. No es probable que Jesús durmiese plácidamente mientras los discípulos forcejeaban contra los elementos; él no había venido a ser servido. El dato del sueño nos remite inconfundiblemente a la leyenda de Jonás, que sesteaba en las bodegas del barco mientras los marineros luchaban contra el oleaje. Pero la superposición de lo sucedido a Jonás con lo de Jesús y sus discípulos, a pesar de las semejanzas, nos sirve para marcar diferencias. A Jonás le pide que invoque a su Dios para que traiga la calma, mientras que Jesús, con autoridad propia, increpa directamente al mar, como si fuese un demonio: “silencio, cállate”. Y llegó la bonanza.

La Iglesia naciente aplicó muy pronto al Resucitado el título de “Señor”, hasta entonces reservado a Yahvé. Enaltecido a su derecha, tiene igual poder y gloria que él. Y el señorío deYahvé se describe frecuentemente en el AT como dominio sobre el mar: “Hasta aquí llegarás, no más allá. Aquí se romperá el orgullo de tus olas”, diría Dios al océano (Job 38,11). Y Dios es alabado con expresiones como: “Tú acallas el estruendo de los mares, el tumulto de sus olas” (Sal 65,8).

En cada pequeña narración, los evangelistas fueron plasmando su propia confesión de fe. Hoy se nos enseña que la Iglesia puede pasar por situaciones turbulentas; pero debe saber que, en medio de ella, está presente su Señor, contra el cual no pueden las fuerzas descontroladas del mal. Y esa Iglesia tiene que ser contemplativa, vivir admirada, en su incapacidad de responder satisfactoriamente a la pregunta “¿quién es este?”. Ante Cristo glorioso, es más acertado admirar y adorar que explicar o especular.

Vuestro hermano
Severiano Blanco cmf

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