Comentario al Evangelio del

Severiano Blanco, cmf

Queridos Hermanos

El título de la fiesta de hoy no es muy acertado. San Pablo no fue un convertido. Él lo negaría taxativamente. En sus cartas jamás se pone a sí mismo como sujeto del verbo “convertirse”, ni se aplica el sustantivo “conversión”. Más aún, cuando habla de su pasado, lo que destaca es su intachabilidad, su permanente entrega a la causa de Dios, con fidelidad rayana en el fanatismo. “He servido a Dios con tanto fervor…”, le hace decir el autor de Hechos. Y él afirma que, desde joven, aventajaba a sus coetáneos en entusiasmo por sus tradiciones religiosas (Gal 1,14), y que “en lo referente a la observancia de la Ley fue irreprochable” (Flp 3,6). Buscó siempre la fidelidad a la alianza. Y nunca cambió de religión; el Pablo cristiano continuó siendo israelita; en su último escrito afirma con sano y agradecido orgullo: “también yo soy judío, de la tribu de Benjamín” (Rom 11,1).

Entonces, ¿qué celebramos hoy? El encuentro de Saulo con el Mesías de sus esperanzas, y su comprensión inicial de que, con la glorificación de Jesús de Nazaret, se ha abierto un nuevo camino salvífico, el de la fe, accesible por igual a judíos y gentiles. Saulo entendió este encuentro como un salto cualitativo en su crecimiento religioso: “el que me separó desde el seno materno… tuvo a bien revelarme a su Hijo para que le anuncie a los paganos” (Gal 1,16). Probablemente Pablo ya era misionero judío, al servicio del Yahvé de la alianza y las promesas; ahora madura el objeto de su anuncio: Yahvé ha cumplido esas promesas, y a ellas se accede por la fe en su Hijo Jesucristo.

Fue una iluminación y capacitación para una nueva singladura, una experiencia religiosa de densidad apenas imaginable. Saulo-Pablo salió de su conformismo y sus “buenas costumbres”, relativizó algunas de sus formulaciones religiosas, percibió  horizontes más amplios y a ellos se lanzó. El poder de Yahvé le concedió obtener, de forma casi instantánea, lo que Jesús de Nazaret había logrado inculcar trabajosamente en sus discípulos galileos, judíos observantes, durante años de convivencia. Y Pablo respondió generosamente a esta intervención de Dios: “por la gracia de Dios soy lo que soy… y su gracia no se ha frustrado en mí” (1Cor 15,10).

Su entrega tendrá dos vertientes: la mística de identificación con el Crucificado-Resucitado y la dedicación infatigable a darle a conocer. Y ambas siempre en tensión hacia más: “no lo tengo ya logrado, sigo corriendo por ver si…” (Flp 3,12). La mística de Pablo se cifrará en vivir en Cristo y desde Cristo: “ser hallado en él, en el poder de su resurrección y la comunión con sus padecimientos” (Flp 3,9s). Será experiencia de amor que le “apremiará” (2Cor 5,14) compulsivamente a la misión. El fruto de ese arrojo apostólico lo presenta así en su última carta: “desde Jerusalén hasta la Iliria, y en todas las direcciones, lo he llenado todo del evangelio de Cristo” (Rom 15,19).

El Pablo de la “conversión” (¿?) nos habla de desinstalación religiosa, de apertura y docilidad a nuevas luces, y de la pasión creciente con que debe vivirse la causa de Dios.

Vuestro hermano
Severiano Blanco cmf

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