Comentario al Evangelio del

Carlos Latorre, cmf

Queridos amigos:

La liturgia de estos días nos va proponiendo el texto del evangelio de S. Marcos. Entre los temas abordados, el último era un banquete; hoy nos habla del ayuno. Son situaciones y temas muy de la vida de los que escuchaban a Jesús o que interesaban a sus enemigos para poder desprestigiarle. La Ley exigía un día de ayuno anual, pero el afán de perfección de los fariseos los llevó a ayunar dos veces por semana. El ayuno, como sabemos, es signo de duelo, de penitencia. Y en las sociedades ricas  que no dan tanto valor a lo religioso, la privación o el control de lo que se come y se bebe es imprescindible para adquirir un buen tipo  y cuidar la salud.

Jesús no niega el ayuno; sólo que no cabe practicarlo cuando estamos de fiesta celebrando un nuevo pacto de amor, una nueva alianza entre Jesús y su pueblo. En el Antiguo Testamento es común la presentación de Dios como el esposo de Israel. Cuando el novio sea asesinado por quienes no soportan la alegría de su Buena Noticia, entonces ayunarán.
No olvidemos nunca que para un cristiano que quiere crecer en la fe las prácticas religiosas como ayunos, rezos, peregrinaciones…, tienen el único objetivo de abrirnos a la voluntad de Dios y llevarnos hasta Jesús, pues lo que nos salva es el encuentro personal con Él. Si Jesús no llena nuestro corazón de qué nos podrán servir las prácticas piadosas. Algunos dicen:
-Padre, yo rezo, pero Dios no me escucha.

Si de algo podemos estar bien seguros es de que Dios no es sordo y menos cuando son sus hijos quienes le hablan. Hemos de revisar nuestras prácticas religiosas y en qué pensamos cuando rezamos.  Jesús quería que sus discípulos le prestaran atención y se dejaran formar por él, por eso no les exigía  que ayunaran o que se concentraran en algunas prácticas externas. Porque lo importante era recibir la nueva vida que trae el Mesías. Las devociones y prácticas piadosas nos han de ayudar a concentrarnos en Jesús, a dejarnos mirar por él. Sólo así seremos felices cuando hagamos un ayuno, un rezo o cualquier obra de caridad.

Termino recordando la enseñanza de la primera lectura de la liturgia de hoy, que en su dramatismo aclara muy bien lo escrito más arriba:

El rey Saúl pierde su dignidad  real por su desobediencia. Se ha apartado de la voluntad de Dios y no lo quiere reconocer. Intenta mil explicaciones para justificar su conducta, pero el profeta Samuel le dice con toda claridad: “¿Por qué no has obedecido al Señor? ¿Por qué has echado mano a los despojos, haciendo lo que el Señor reprueba?” “¿Quiere el Señor sacrificios y holocaustos, o quiere que obedezcan al Señor? Obedecer vale más que un sacrificio”.

Vuestro hermano en la fe

Carlos Latorre
Misionero Claretiano
carloslatorre@claretianos.es

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