Comentario al Evangelio del

José Mª Vegas, cmf

Excusas para no ver ni oír

En las palabras de Jesús se expresa una amarga queja. En Él se están cumpliendo las antiguas promesas. “¡Por fin!”, podríamos decir. Y resulta que tras una larguísima preparación, jalonada de patriarcas, reyes y profetas, cuando se inauguran los tiempos mesiánicos, los que deberían alegrarse, porque muchos profetas y reyes hubieran querido ver lo que sus contemporáneos veían, pero no lo vieron (cf. Lc 10, 24), resulta que estos contemporáneos afortunados son incapaces de reconocer los signos que anuncian los tiempos mesiánicos. Ya se cegaron con la profecía de Juan, y ahora lo hacen con el mesianismo de Jesús.

Esto nos indica que la preparación de la venida del Señor significa también, y sobre todo, la comprobación de nuestras actitudes profundas, de nuestro corazón. Porque es claro que “esta generación” no es sólo la generación de Jesús, sino una categoría de personas que se distinguen por su fundamental mala voluntad, por su tendencia a interpretar torcidamente todo lo que otros hacen, incluyendo las obras de Dios, encontrando siempre excusas para no abrirse, no reconocer, no acoger el bien que procede de otros, la gracia que nos ofrece Dios.

Esta fundamental mala voluntad, que malinterpreta todo lo que hacen los que no son de mi cuerda, puede afectarnos a todos. En unos puede ser en relación con Dios (con la religión, la Iglesia); pero en aquellos que nos consideramos creyentes se puede dar en relación con ciertas personas y grupos, respecto de los cuales podemos tener, por motivos diversos (personales, ideológicos, de cualquier otro tipo) prejuicios que nos impiden abrirnos a ellos, a sus méritos y sus buenas acciones. Tengamos en cuenta que todo bien procede de Dios y que nadie tiene la exclusiva sobre el bien y la justicia. Ser cristiano no significa tener siempre razón, sino estar abierto para dar la razón al que la tiene, independientemente de su filiación, y, en consecuencia, estar abiertos a aprender de todos, descubriendo en todas partes la huella del Dios, que todo lo hizo “muy bien” (cf. Gn 1, 31).

Este espíritu abierto y sin prejuicios, capaz de discernir el bien y el mal con justicia e imparcialidad, es la sabiduría que se acredita por sus obras y uno de los requisitos para poder acoger de corazón al Dios que viene a nosotros en la pequeñez de la carne. Bien supo decirlo Pablo, cuando aconsejaba a sus cristianos de Filipos: “Por lo demás hermanos, todo lo que hay de verdadero, de noble, de justo, de puro, de amable, de honorable, todo cuanto sea virtud y cosa digna de elogio, todo eso tenedlo en cuenta” (Flp 4, 8).

Saludos cordiales
José M.ª Vegas cmf

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